7:36 (escrito)

Otra mañana más,  el mismo recorrido de siempre.  Hay caras soñolientas que leen un periódico que no les trae nada nuevo, alguien echa una pequeña cabezada y otro pasajero mira el reloj con impaciencia, sabiendo que llega tarde a la oficina.

Nunca regresará.

Las conversaciones banales, las miradas de soslayo y sonrisas furtivas no van a volver.

Porque esta vez el camino lleva directamente al infierno.

Un hombre todavía le da vueltas a la discusión que mantuvo con su mujer el día anterior sin imaginar que nunca podrá volver a decirle lo mucho que la quiere.  Una mujer sonríe incapaz de ocultar la felicidad que la invade al dirigirse a su primer día de trabajo. Jamás volverá a sonreír.

No intuyen ni imaginan que en unos pocos minutos, todo se romperá en pedazos y serán noticia en los diarios de todo el mundo.

No regresarán y no estarán ahí para verlo.

La repentina explosión devoró todo lo que un día conocimos, la oscuridad apareció sin ser llamada, una intrusa que se coló, engullendo todo lo que momentos antes era vida.

El mundo sollozó, con los rostros pintados de impotencia y los corazones anhelando respuestas a lo inexplicable.

Una ciudad herida, vagones atravesados por dardos certeros, enviados por diablos que se creyeron jueces y libres de decidir acabar con la vida de todas aquellas personas.

Miradas vacías, fantasmas que vagan, arrastrando las piernas sin un rumbo fijo al que dirigirse. Rostros cubiertos de sangre, ceniza envolviendo cuerpos y miradas de incertidumbre y miedo entre aquellos que sobrevivieron.

¿Recuerdas aquella mañana de marzo cuando toda la seguridad a la que te aferrabas desapareció para siempre?

El país se tiñó de negro, el tiempo se paralizó y la muerte se alzó, abrazando y destruyendo con su aliento todo lo que un día floreció.

Madrid escupió fuego, lloró y enmudeció.  Un silencio helado,  quebrado por las melodías de los móviles que jamás serían respondidos. La ciudad entera sucumbió junto a las 191 almas que se apagaron aquella mañana, arrojando humo y metralla.

No fue otra mañana más.

A la deriva (escrito)

Abraza a su pequeño y se aferra a él, como si de esa manera pudiera alejarle del peligro en el que se encuentran. El niño no se mueve y ella teme que vaya a morir congelado antes de llegar a su destino. No puede arroparle, no tienen mantas y aunque las tuviesen no habría suficientes para todos, así que trata de darle calor con su cuerpo. También intenta fijar la vista en un punto dónde poder hacer caso omiso a las olas, las cuáles parece que vayan a tragarse la embarcación de un momento a otro. Podría ignorarlas si no fuese por las sacudidas y si pudiese deshacerse de esas ganas de vomitar y ese miedo que le impide pensar con claridad.

No sabe nadar.

Frente a ella hay miles de rostros ojerosos y temerosos, condenados a un mismo futuro incierto y víctimas de un pasado infernal. Apretujados, en la mente de todos surge la misma pregunta, ¿Qué va a ser de ellos?

Hace tiempo que el optimismo se agotó,  sus esperanzas y sueños se desvanecieron cuando fueron abandonados en ese oscuro y terrorífico mar.

Les habían prometido tantas cosas… Y ella solamente quería vivir en paz, sin una guerra que hiciese que cada bocanada de aire fuese importante, puesto que no sabías si en unos minutos seguirías vivo y sería la última. Quería vivir sin temer ser secuestrada, violada o asesinada a cada paso que diesen sus pies. Quería encontrar un lugar dónde hubiese trabajo para todos, dónde pudiese criar a su hijo y no preocuparse porque una bomba cayese encima de la cabeza de su pequeño cuando estuviese en el colegio.

Así perdió a su primer hijo.

Y ellos le habían ofrecido a su familia la posibilidad de alejarse de todo aquello,  al igual que a tantos otros.  Abandonar el infierno para siempre, adentrarse a mar abierto para enfrentarse a un futuro lejano y maravilloso. Cualquier destino puede parecer el paraíso cuando has convivido con el diablo.

Promesas vacías a las que todos ellos se aferraron cómo a un clavo ardiendo. Dieron todo lo que tenían con la promesa de llegar a un nuevo continente donde podrían empezar de cero.

Se lo habían arrebatado todo y no podían hacer nada por cambiarlo.

Nunca pensaron que fuese a ser un viaje fácil, sabían que podían morir intentándolo, pues la cantidad de historias que circulaban hacía estremecer al más aguerrido guerrero.  No estaban locos, no eran suicidas y amaban la vida.  No abandonaban sus raíces y su alma por gusto.

El terror de lo que dejaban atrás hacía que valiese la pena el riesgo de ignorar esas historias y arriesgarse, sacrificando todo lo que habían conocido.

Siente los párpados pesados y se obliga a no cerrar los ojos. Intenta cambiar de posición pero un gruñido proveniente de su derecha la hace desistir y su pequeño suelta un gemido apenas audible. Le susurra al oído, tratando de darle el consuelo que sólo una madre puede dar, aún cuando no tenga la certeza de que todo vaya a acabar bien. Sus ojos se cruzan con los de su marido, que se mantiene muy cerca de ellos. Tiene unas horribles ojeras, la mirada vacía y triste. El rostro lleno de prematuras arrugas no parece mostrar ninguna reacción, podría ser otro más de los cientos que viajan con ellos.

Pero no lo es, es su marido, el hombre que juró protegerla y cuidarla. De repente él aprieta levemente su brazo y ella puede leer en su semblante lo mucho que siente esa situación.

Él tampoco cree que vayan a llegar al final de su viaje.

*

En un lugar, no muy lejos de allí, un niño se queja y pide a su madre que le deja estar despierto mirando la televisión media hora más. Una pareja celebra su primer año de casado brindando con cava y un joven estudiante da un sorbo a su bebida energética para mantenerse despierto y continuar estudiando. Jóvenes se emborrachan y bailan sin freno y unos padres primerizos se levantar para calmar el llanto de su bebé.

Todos ellos tienen mantas, calefacción y comida caliente que llevarse a la boca. La palabra ‘refugiado’ no les es ajena, la oyen en la televisión o en la radio de vez en cuando. Muchos menean la cabeza con tristeza e impotencia escuchando el número de muertos en naufragios, las duras condiciones de vida y las guerras que parecen ocurrir muy lejos de allí.

Hasta que cambian de canal y sus pensamientos pasan a otros quehaceres y preocupaciones.

Políticos discuten, se hacen visitas de cortesía y prometen cosas que no van a cumplir. El tema surge una y otra vez, unos radicalmente en contra y otros dispuestos a echar una mano, con la esperanza de ganar un decisivo puñado de votantes.

Pero ellos siguen siendo cifras, ¿En qué se ha convertido Europa? ¿Seguirá negando el asilo y cerrando sus fronteras si los refugiados viniesen de otro lugar? ¿Continuarían negándose a dar la mano a gente que cree diferente a ellos argumentando que puede haber gente peligrosa que entre en sus territorios? ¿Seguirá mirando hacia otro lado mientras la gente muere?

El bebé que sostiene una mujer en sus brazos o el anciano al que a duras penas le sostienen las piernas no tienen nada de peligrosos. Las familias enteras que se desquebrajan al intentar llegar a Europa no son nada distintas a las de dicho continente. Padres lloran la pérdida de sus hijos, todos ellos sienten y padecen, añorando un pasado que no volverá, confiando en un futuro que nunca llegará.

Una vida debería valer y tener los mismos derechos en Oslo que en África pero no es así y el mundo cierra los ojos y se empeña en creer que es un problema de otros.

Mientras el mar devora vidas, Europa duerme y nadie es capaz de despertarla.

*

Y más cerca de ellos de lo que pueden imaginar,  en aguas abiertas, se desata el caos, pasa tan rápido que no le da tiempo a reaccionar y se queda quieta, paralizada, sin comprender porque de repente nada es seguro bajo sus pies y porque hay personas gritando a su alrededor.

Alguien tira de ella hacia arriba, hacia la parte de la patera que todavía no se ha hundido.  Se encuentra con los ojos amados, que intentan mantenerla a flote y, aterrorizada, es consciente de que va a morir.

Segundos que duran minutos, minutos que se convierten en interminables horas mientras la multitud intenta desesperadamente sujetarse a lo que todavía queda de la embarcación.

Algo la golpea y ella intenta sujetar a su pequeño, sin éxito. El niño suelta un pequeño grito que le destruye el alma para luego caer en las oscuras aguas. Y es entonces cuando ella suelta un alarido, grita el nombre de su hijo y se echa a llorar, mientras el mar arrastra al abismo lo que queda de su precario medio de transporte llevándose consigo a cientos de personas que se hunden inexorablemente para no regresar nunca más.

Ella también cae, sin fuerzas y todavía repitiendo el nombre de su hijo entre sollozos, hasta que también es abrazada por las olas.

Desde las aguas, entre torpes chapoteos y gritos exasperados que hielan la sangre, la muerte les sonríe.

La infame escalera (escrito)

El desdichado empieza a subir los escalones de nuevo, es la sexta vez ese día y el gran bloque de granito parece pesar el doble que las veces anteriores.  ¿Cuánto pesa? ¿Veinte kilos? ¿Treinta?  Le duelen todos los músculos del cuerpo y está extenuado pero empieza a subir la infame escalera de manera automática. No debe llamar la atención y tiene que seguir aparentando que tiene la fuerza que perdió hace tiempo. Pararse un segundo a recuperar el aire es fatal. Junto a él, miles de otros prisioneros, sufren el mismo cruel destino. Piernas esqueléticas que soportan el resto del cuerpo, antes robusto y atlético, ahora piel y huesos.

Es importante seguir el mismo ritmo, mantenerse mirando al frente y compenetrado con el compañero de delante. Ya no hace caso a los ladridos de los perros, ni a los bastonazos de los kapos.  El dolor no es nuevo, el olor a muerte lo impregna todo y él sabe que quizá este día su suerte se haya acabado. Y quizá lo prefiera así, él no está contento con la suerte que le ha acompañado desde aquella lejana batalla en el Ebro, dónde resultó herido y milagrosamente salvó la vida.  Luego vino el duro exilio, dónde las playas de Francia no le recibieron con los brazos abiertos, dónde pensó que había visto el peor lado del ser humano al ver a las madres ahogar a sus bebés porque no podían alimentarlos.

Pero se equivocaba.

Cuando se unió para luchar contra los nazis, se sentía contento de haber sobrevivido, de poder vivir un día más y hacerlo por obtener la libertad que en España había perdido. Entonces le atraparon y se percató de que el demonio existe realmente.

No, está enfadado con la suerte y no la quiere de su lado.

En lo más hondo de su corazón él quiere seguir viviendo, quiere seguir luchando contra el fascismo y quiere creer que un día todo acabará y esto será un mal sueño.  Quiere pensar en su Carmen de la que se separó hace lo que parece una eternidad y del pequeño Marcelino. No logra recordar sus rostros, ni el tacto de su piel.

Otro escalón, el hambre le incordia de nuevo y siente que va a desmayarse. Es un milagro que todavía sujete la pesada roca sobre su espalda. Sabe que por muchas fantasías que todavía pueda albergar en su cabeza, la única forma de salir de allí es siendo otro paracaidista más para volar después en forma de humo por la chimenea.

Él nunca creyó en Dios pero si realmente existe, quiere obligarlo a dirigir su vista a esa escalera, a que vea lo que allí está ocurriendo y haga algo para detenerlo.

Pero sabe que nadie va a venir, nadie va a rescatarlo. No van a quedar testigos y nadie va a saber jamás el horror que allí viven millones de personas. Entonces, ¿Por qué sigue vivo?

Se produce un alboroto, los verdugos, con sus uniformes impolutos y su refinado aspecto, ríen a carcajadas mientras se oye el conocido sonido de algo chocar contra el suelo desde una gran altura. Él no mira, tan solo atisbar de reojo sería su sentencia de muerte. Pero sabe que un nuevo paracaidista ha sucumbido al abismo.

Sería tan fácil dejarse caer, tumbarse para no  tener que levantarse más… Morir puede ser un consuelo y no es la primera vez que esa idea acude a su mente. Pero no lo hará, no quiere darles esa satisfacción.

Él sigue vivo. Y sigue ahí no por su odiada suerte ni porque sea mejor que otros. Él no es mejor que aquella niña pequeña que vio partir junto a su madre, directa a una muerta segura en las cámaras de gas sin ni siquiera saberlo. Él no es mejor que aquel camarada que decidió tirarse a la valla electrificada  Todavía puede ver el color del cielo, puede sentir el frío y no se ha abandonado.

Sigue ahí,  ha podido volver a subir esa escalera de 186 escalones y tiene que seguir vivo para ver el final de la guerra, sea cuál sea. Tiene que sobrevivir para que quede un testigo de lo que allí acontece.  Tendrán que coserle a balazos para acabar con él.

Las piernas apenas le sostienen cuando por fin llega al añorado último escalón.  Y entonces susurra, intentando convencerse a sí mismo:

Una victoria más.

Escrito que escribí hace un par de meses basado en la escalera del campo de concentración de Mauthausen y en lo que he leído sobre el tema.

Os dejo también aquí un vídeo de la escalera para que os hagáis una idea de lo que tenían que subir. Ahora imaginad que la subís en las condiciones que lo hicieron los presos. Horrible.

Y ahora una encuestita (dudo mucho que haya muchos votos pero bueno…). Es que tengo escritos guardados y escribo muchos pero en internet publico muy pocos, de hecho en el blog solamente hay dos o tres… Así que haya va.

 

Y otra cosa… ¿Sabéis que me gustaría también? Que la gente me mandase ideas sobre lo que escribir o me dijese cosas sobre las que les gustaría que escribiese. Esto no va a tener comentarios pero por probar… ¡Y que comentéis que os ha parecido el escrito!

 

Las espinas apresaron a la rosa (escrito)

¡¡Bueeeno!! No sabía con qué actualizar y aquí os dejé un escrito que envié a un concurso, no me acaba de convencer cómo me quedó pero espero que al menos os guste. Lo hubiese hecho más largo pero era obligatorio que fuese de esa longitud, así que así quedó. La temática también es esta por el concurso. No suelo actualizar con escritos míos pero bueno, es mi blog y por un día.

Sin más aquí os lo dejo:


Se secó las manos con un trapo y miró la hora: quedaban apenas quince minutos para que él volviese de trabajar. Repasó mentalmente si no se había dejado algo por hacer.  Había limpiado y recogido todo el piso, hecho las camas y llevado a Daniel al colegio. La comida estaba lista y la mesa esperando pacientemente a su llegada. Ese día comerían solamente ellos dos porque Daniel se quedaba en casa de sus abuelos, que serían también los que le irían a buscar.

Aquellos días eran los peores.

Rosa volvió a probar el caldo de la sopa, no fuese a ser que se hubiese pasado con la sal o estuviese soso. Recordaba demasiado bien aquella vez en la que un filete le quedó muy hecho y él se lo tiró al suelo, para ponerlo en el plato de nuevo y decirle que se lo comiese ella. O el día en el que escupió en el plato de lentejas porque decía que estaba frío y que las zanahorias estaban duras.

Repasó las facturas que habían llegado y se preguntó cómo reaccionaría al verlas. Si había tenido un buen día en el trabajo, podía quejarse un poco y seguir comiendo en silencio. Pero si había tenido un mal día, era impredecible.

Rosa hacía tiempo que se había acostumbrado a estar siempre alerta, sabiendo que su marido podía saltar en cualquier momento. Ya hacía tiempo que no le esperaba con entusiasmo, ni buscaba las mejores recetas para prepararle los mejores platos. Atrás quedaban aquellos días en los que él la llevaba a cenar o le permitía vestir faldas cortas. La risa se había esfumado hacía tiempo de aquella casa y las únicas sonrisas que exhibía eran fingidas para no preocupar a su hijo y para complacerle a él.

Se sentía cansada y se preguntó si ese día sería un buen momento para anunciarle su nuevo embarazo. Ella no podría decir que estuviese contenta con eso. Amaba a Daniel con todo su corazón pero no quería tener otro hijo y obligarle a vivir en un infierno. Daniel a sus seis años no comprendía lo que pasaba en su casa pero sí que su madre estaba enferma y que a veces, cuando él y su madre se portaban mal, su padre tenía que castigarla. Ahora Rosa tenía que encerrarle en la otra habitación durante las palizas para que no se convirtiese en otro blanco de su padre y para que el pequeño no intentase interferir.

De haberlo sabido antes…

Cuando pensaba en aquella noche, aún le temblaban las manos.

Había sido un sábado y había partido.  Ella no había cometido ningún error en todo el día y él estaba de buen humor. No sabía que se jugaba pero era algo importante y había deseado que los del Atlético ganasen aquella vez. Ella incluso había atisbado a ver al hombre que la enamoró, pues la él la abrazó con alegría y entusiasmo con el primer gol de su equipo y ella le sonrió y hasta se permitió decirle que marcarían dos goles más.

– ¡Y hasta cuatro! – había dicho él.

Pensaba que aquella noche no estallaría.

Pero sucedió. Rosa no entendía mucho de fútbol pero hasta ella había podido ver que los de las camisetas de rayas rojas y blancas parecían tener menos fuerzas o habilidad y por lo que fuese, acabaron perdiendo su ventaja.

Con el primer gol en contra, él apretó los puños pero no dijo nada. Ella se mantuvo prudentemente callada. Con el segundo él empezó a insultar al árbitro y ella se apartó con cuidado de él. Y con el tercero él apartó los ojos de la televisión.

Y se desató el infierno.

Rosa recordaba haber escuchado de fondo a los comentaristas mezclados con los alaridos del diablo. Recordaba haberse hecho un ovillo para recibir los goles certeros y sentir el dolor punzante al que ya estaba acostumbrada. A veces desataba su furia rápido y esperó que aquél fuese uno de esos días.

Mientras el comentarista comentaba las cualidades del delantero del Barcelona, su marido gritaba que era su culpa y que era gafe y le pegaba patadas en el costado del cuerpo.

Cuando se sucedían las palizas ella solamente pedía al Dios en el que no creía que todo pasase rápido.

Y de repente él la había dejó momentáneamente y miró un punto en el pasillo. Recordaba que casi se le había parado el corazón cuando vio a Daniel allí, llevaba su osito de peluche en las manos y miraba a sus padres con los ojos muy abiertos.

Ella había corrido a protegerle pero llegó demasiado tarde y él lo atrapó primero. Daniel lloró cuando su padre le cogió en brazos para obligarle a volver a su habitación. Rosa le dijo que no pasaba nada que era mejor no hacer enfadar a papá e ir a dormir.

Pero el niño vio el estado de su madre y gritó. Se retorció con su pequeño cuerpecito y su padre le pegó una bofetada.

Ninguna madre debería ver el dolor reflejado en el rostro de un hijo.

Rosa se levantó con un esfuerzo increíble y se enfrentó a su marido. Los ojos de él adquirieron otro matiz y ella supo entonces que había firmado su sentencia de muerte.

Él había dejado al niño en el suelo y había vuelto de nuevo los golpes hacia ella. Ella le gritó a su hijo que se encerrase en su cuarto pero el niño estaba demasiado asustado y aturdido para moverse.

No recordaba cuánto rato pasó, ni siquiera recordaba cuándo dejó de gemir de dolor y recibió los golpes en silencio. Lo único que recordaba era el llanto de Daniel que se le clavaba en el corazón y sus rezos silenciosos para que el crío se hubiese marchado de allí.

Cuando él se marchó, ella se quedó tendida en el suelo, con el cuerpo magullado y hecho pedazos y lloró en silencio. Había intentado reunir las suficientes fuerzas para levantarse, pero no lo había conseguido. Rosa se arrastró hasta la habitación de su hijo y se encontró a Daniel aterrorizado con el pantaloncito de su pijama nuevo mojado.

Madre e hijo durmieron abrazados esa noche y Rosa le hizo jurar a su hijo que cuando papá se enfadase, se encerrase en su cuarto. Le dijo que a veces los padres se enfadaban. El niño estaba aterrorizado por haberse hecho pis encima y se sentía culpable por lo sucedido y por no haber defendido a su madre.

Pobre ángel.

Un ángel en el infierno no puede sobrevivir y Rosa se lo recordaba cada día cuando miraba a su hijo y pensaba en abandonar a su marido. Pero no podía hacerlo.

Le obligó a no contárselo a nadie y al día siguiente su padre apareció con flores para ella y un coche de juguete para Daniel. El niño se mantuvo callado y asustado hasta que vio que sus padres se abrazaban y entonces pidió a su padre jugar con él, con timidez y miedo al principio y él accedió sin alterarse.

– Voy a cambiar, os quiero demasiado a los dos…

Las mismas palabras de siempre y los mismos ojos bondadosos de los que ella se había enamorado.

Ya hacía tiempo que se habían ido los moratones pero las cicatrices de cada paliza seguían persistiendo en el corazón de ella. Algunas heridas no se curan nunca y sin embargo… ¿Por qué seguía allí?

La llave de la puerta de entrada giró y él entró.  Ella escuchó cómo cerraba la puerta y dejaba las llaves. Le dio un beso breve en los labios y se sentó en la mesa. Él estaba de buen humor y alabó la sopa.

Cuando acabaron de comer ella le enseñó las facturas y él se quejó. Dijo que no llegaban a fin de mes y que su sueldo se iba siempre pagando recibos.

Todo podría ser diferente si ella trabajase cómo antes pero no se atrevió a mencionarlo. Se mantuvo en silencio mientras él despotricaba sobre el precio de la luz y la acusó de gastarse el dinero que él ganaba trabajando cómo un burro.

Ella le prometió que gastaría menos desde ese entonces y le pidió perdón. Estaba acostumbrada a disculparse sin tener motivos para ello y él pareció satisfecho.

– ¿Sabes? Esta tarde podríamos llevar a Daniel al parque.- le dijo él.

Rosa intentó que no se le notase la sorpresa reflejada en su rostro.

–  Luego podríamos tomar algo y volver a casa dando un paseo por la calle mayor.- añadió.

A veces la sorprendía con ese tipo de cosas. Pero de todos modos hacía tiempo que él no le pegaba y Rosa quiso creer que de verdad estaba ante un hombre que la quería.

– Me parece bien.- dijo sonriéndole con ternura.- ¿A qué hora? ¿Cuándo salgas del trabajo?

– Sí.- dijo él.- podemos ir a buscarle a casa de mis padres y darle una sorpresa.

– Eso suena estupendo.- contestó ella.

Entonces él la rodeó con sus brazos, ella se dejó abrazar, tensa y alerta.

– ¿Sabes que te quiero, verdad? Todo lo que hago lo hago por ti.- le dijo él.

– Lo sé.

A veces cuando la miraba de aquella manera y la abrazaba con aquella delicadeza llegaba a creer que era sincero. En su mente aparecían los buenos momentos de antes de casarse y se decía a sí misma que podían llegar a ser la familia feliz de los primeros tiempos y de la que él hablaba constantemente.

Ella llegó a corresponder a sus besos sin tener que fingir y le aseguró que le quería.

– Estoy embarazada.- anunció ella.

Ambos caminaban de la mano para ir a buscar a su hijo y ella deseó que esos fueran sus momentos a partir de ahora.

Pero la felicidad no dura mucho cuando se convive con la bestia y bajar la guardia se puede pagar caro.

Alguien les llamó cuando estaban a punto de cruzar la última calle y Lázaro Ortiz se acercó a ellos junto a su perro, un Jack Rusell muy inquieto del que Daniel, con tan sólo verle una vez, había quedado prendado. Lázaro era el padre de un compañero de colegio de Daniel y lo que era peor, tan sólo unos pocos años mayor que Rosa y su marido.

– Me alegro de verte – saludó Lázaro. Ya de por sí aquello fue un error, Rosa conocía bastante bien a la mujer de Lázaro, pues muchas veces coincidían cuando iban a la escuela con los niños y había visto algunas veces a Lázaro. Para él era normal tutearla pero el marido de Rosa frunció el ceño con desconfianza.

– Yo también.- contestó sin saber que otra cosa decir.- Este es mi marido, Jorge.- le presentó enseguida.

A pesar de que seguramente la tormenta se acercaba, su marido fue educado y Lázaro no sospechó nada.

Cómo tanta otra gente.

Era extraño cómo Rosa creía llevar un cartel en la frente que la etiquetaba y sin embargo nadie parecía darse cuenta.

Jorge le pasó el brazo por los hombros a su mujer y se comportó muy atento y cariñoso con ella.

Era escalofriante, le conocía demasiado bien para saber lo que realmente estaba pasando por su mente.

– A ver cuando viene Daniel a casa.- dijo Lázaro con inocencia.- el otro día pareció quedar encantado con Luke.

El perro movió la cola con alegría al escuchar su nombre. Rosa quería que se la tragase la tierra, aquellas palabras probablemente habían sido malinterpretadas por su marido, quién la había soltado y acariciaba al perro en el lomo. El perro pegó un par de ladridos para a continuación pegar un brinco y Jorge rió.

Jorge no reiría cuando ella intentase explicarse.

– ¿Podéis quedaros con Daniel esta noche? Sí, Jorge irá luego a llevarle las cosas…

Rosa acababa de colgar el teléfono y se echó a llorar con amargura. Le dolía cada músculo del cuerpo y no creía ser capaz de llegar a la cama sin ayuda. Entonces se dijo que dejarse morir allí, en el suelo del comedor sería una buena solución.

Daniel no tendría que verla más en esa situación.

Pero continuaría viviendo junto a la bestia.

De nada habían servido las explicaciones de Rosa y sus súplicas; Jorge se había ensañado con ella, incluso pegándole en la cara y otros sitios que solía evitar. Se preguntó cuánto podía sufrir un ser humano hasta abandonarse a la muerte. Y entonces se imaginó a su hijo tirado en el suelo como un muñeco roto y volvió a llorar. Se llevó las manos al vientre, que había intentado proteger con todas sus fuerzas y un miedo ciego le nubló la vista.

No supo cuánto tiempo estuvo así, creyendo que no iba a ser capaz de aguantar los pinchazos de la cabeza y ni a poderse volver a levantar cuando súbitamente alguien le tomó la cara entre sus manos.

Un sollozo. Alguien lloraba junto a ella.

Ella entreabrió los ojos, costándole un gran esfuerzo. Jorge se encontraba frente a ella y ya sabía cuáles serían sus palabras.

– Dios mío, lo siento, Rosa. No sé que me ha pasado… Te amo… Te prometo que no volverá a pasar. ¿Sabes que te quiero, verdad?