Tras los muros (microrrelato)

Se marchitó tras los muros del castillo que con tanto esfuerzo levantó. Sustituyeron su corona por grilletes que la condenaron. El verdugo le robó su trono y su sentencia fue el silencio.

Anulada a razón y humillada en su prisión, veneno recibió de los besos que entregó.

Perdones concedió tras disculpas del actor. La sonrisa se apagó cuando se bajó el telón. Al cuento le cambiaron el final y ningún príncipe acudió a salvarla.

De los gritos que exhaló nadie oyó ni un solo ruido. De los golpes que le dio el que más dolió fue el del alma.

De la sangre que manó nadie fue testigo.

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Otro escrito

Su madre murió al traerla al mundo pero dicen que es su vivo retrato.  No le hacen falta las fotos porque cada día charla un rato con ella.  De ojos pardos y mirada severa, su rostro denota severidad y sus bellas facciones tienen una palidez fantasmagórica. Tiene el cabello negro, recogido en un apretado moño y frunce el ceño del mismo modo que ella cuando hay algo que no le gusta.

Ese día parece enfadada, se le nota en la manera con la que aprieta los labios y en la mirada reprobatoria que le echa.  Ella lucha por tragar las lágrimas, aprieta las manos hasta hacerse daño y se recrimina haberse manchado el vestido.

De repente la mano se acerca y ella se aparta por alto reflejo. Pero el golpe no llega y la mano sostiene una pastilla blanca. Alza la mirada de nuevo y no reconoce a la mujer que tiene delante. Desconfía de ella, y se niega a tomarse lo que le ofrece.  Es muy sospechoso que de repente su madre haya desaparecido y venga una desconocida ofreciéndole algo que ni siquiera sabe lo que es.  ¿No será ella la culpable?

Escucha su voz y todo se borra de un plumazo.  Vuelve a sentir ganas de reír pero esta vez de alegría, no entiende porque cinco minutos antes se sentía tan triste. Se había olvidado que su hija  había venido a visitarla y sabiendo su mala memoria le da la pastilla que tiene que tomarse para el azúcar. ¿O era para el colesterol? A su edad se toman pastillas para todo, aunque no las necesites. Ya se encargaran los médicos de inventarse cualquier mal.

Pamplinas, la única enfermedad que tiene es que está vieja.

Acepta la pastilla con una sonrisa y el vaso que le ofrece con la otra mano. Tiene muchas cosas que preguntarle. ¿Por qué no ha venido antes? ¿Sigue hasta arriba de trabajo? ¿Ha venido a verla la pequeña Martina?

Bebe, cuesta tragar. Odia estar enferma, le impide ir a la calle a jugar con las otras niñas y su abuela, que ha cuidado de ella desde que tiene uso de razón la obliga a tomar brebajes asquerosos y a taparse con miles de mantas hasta que empieza a sudar.

Su abuela la mira preocupada y sabe que se va a enfadar cuando se lo diga.

– No te enfades pero me he manchado el vestido.

Lo suelta de golpe y se echa a llorar, sabiendo que eso no le salvará del castigo. Hipa fuerte y se odia por el numerito que está montando.

Unas manos la sujetan y la intentan tranquilizar, le dicen palabras que no logra entender. Poco a poco consigue dominarse pero cuando levanta de nuevo la mirada, el miedo hace que se olvide de su dolor y un grito involuntario sale de su garganta.

No es su abuela la que le da consuelo, sino una mujer que no logra identificar.

3ºC (escrito)

Con el corazón latiendo deprisa y unas piernas que parecen de mantequilla, abres la puerta y sientes que los colores suben a tus mejillas cuando ves que todos te miran al entrar.  Buscas con la mirada algún sitio dónde te puedas colocar y pasar desapercibida para el resto, sintiendo cómo si todos los ojos te estuvieran taladrando y juzgando.

Pretendes no sentir nada, cuando estás rota por dentro y desearías estar muy lejos de allí, en un lugar dónde nadie te conociese, dónde llorar agazapada en algún rincón no se convirtiese en tu día a día. Dónde los desprecios y las humillaciones se convirtiesen en complicidad y risas entre gente que te valorase. Que el llanto diese paso a otras lágrimas, a esas que no puedes contener cuando no puedes parar reír. O de esas que saboreas con alegría al caer por tus mejillas y que muestras con orgullo y no vergüenza.

Nadie te dirige la palabra y la gente ya empieza a escoger los sitios dónde sentarse. Pruebas suerte en uno que parece vacío, sin embargo pronto aparece un chico reclamándolo diciendo que ya lo había escogido antes. Otros chicos le dan la razón y tú te apartas, derrotada. El tiempo apremia, titubeas varias veces sin saber bien dónde ir y justo cuando el profesor entra al aula, ves una mesa que está en primera fila, dónde una chica se ha sentado sola.

Te acercas a la mesa, dudas y tragas saliva.

– ¿Me puedo sentar contigo? – pregunta una voz que no parece la tuya.

Temes la respuesta que has recibido tantas veces y te preparas para adoptar una expresión despreocupada, para no mostrar tu debilidad una vez más.

Pero ella sonríe y con un solo movimiento de cabeza te da la respuesta. Entonces le devuelves la sonrisa y mientras ella se presenta, sientes que por fin has encontrado tu lugar.

Greguerías y microrrelato

En este post os preguntaba sí os gustaría que subiese más escritos míos. Y este es el resultado de la encuesta.

8votos

¡Sorprendentemente la gente votó en la encuesta y todo! ¡Ocho personas! Y yo que pensaba que no me votaría ni Dios o que aparecerían trolls pidiéndome que no subiese ninguno más. A ver en realidad imaginaba que uno o dos votos tendría (mi blog no es muy grande ni conocido) pero no imaginaba más.

Así que os hago caso y os subo cosillas escritas por mí.

Lo primero que voy a compartir con vosotros son unas greguerías que hice para un ejercicio en un curso hace tiempo. Pero antes de que las leáis… ¿Sabéis lo que es una greguería?

“Las greguerías son textos breves semejantes a aforismos, que generalmente constan de una sola frase expresada en una sola línea, y que expresan, de forma aguda y original, pensamientos filosóficos, humorísticos, pragmáticos, líricos, o de cualquier otra índole…”

Y estas son las mías, no son nada del otro mundo y lo mismo un experto me dice que no se catalogan de eso pero bueno me siento orgullosa porque no había escrito ninguna antes.

Las nubes son las esponjas del cielo.
El tren que silba al paisaje.
La nieve es el azúcar de la tierra.

Me encanta la primera y ahora mismo aplaudo a mi yo del pasado cuando de repente se le ocurrió eso.  Lo mejor de todo es que no estuve horas y horas pensando y cambiando palabras, fue lo primero que me vino a la cabeza. Creo que la del tren no es una greguería pero haremos ver que sí. Que por cierto en el curso nos pusieron de ejemplo una que dice:

La pulga hace guitarrista al perro.

Y quería compartirla con vosotros, porque me hizo gracia en su momento. Sí, mi humor es ese. Y desde luego esa sola greguería es mejor que las mías. ¿Me escondo ya en el baúl?

Y para finalizar la entrada os dejo un microrrelato. Si os soy sincera no se me dan muy bien pero bueno.

Ella jamás imaginó fuese a acabar así. Nadie cree que pueda llegar el día en el que muera. Su vida no pasó ante sus ojos, porque lo único que podía ver era la cara de su verdugo roja por el esfuerzo. Quiso llorar pero sus ojos estaban secos. Quiso gritar y apartarle, pero sus manos parecían atadas. Quiso impedirlo pero su cuerpo no respondió.
Siguió mirándole aún después de que se apagase su vida con el terror de quién ha perdido toda esperanza. Y él siguió clavando el cuchillo aún cuando ella dejó de retorcerse y su vida se apagó. Necesitó unos largos minutos para calmar el sonido acelerado de su corazón. Un tiempo breve que pareció toda una vida para tomar conciencia de lo que había hecho. Sus manos manchadas de sangre, el sudor frío recorriendo su frente. Vomitó. No había calculado que acabaría así.
Pero esa zorra lo merecía.

Si os interesa, me he abierto un perfil en Megustaescribir y allí intentaré subir historias con más frecuencia que aquí. Mi cuenta aquí, aunque todavía estoy aprendiendo cómo va la página.

Ansiada libertad (escrito)

Un cielo de un azul muy claro, acompañado por unas nubes lechosas, se alzaba junto a un benévolo sol que daba la sensación de encontrarse en pleno verano. La llegada de la primavera estaba cercana y ella no podía dejar de mirar los enormes campos de trigo que se extendían a su alrededor.

No había nada que indicase que se encontrase en otro país, la frontera era una línea invisible que ella había cruzado sin mirar atrás y sin darse cuenta de que lo hacía. Había esperado toparse con soldados uniformados que la apuntasen a la cabeza con sus rifles o una alambrada de espino que le cortase el paso. Pero no había nada de eso.

Pero a pesar del espléndido día y del hermoso paisaje, la tristeza y la nostalgia se adueñaron de ella. Durante la travesía, yendo por las montañas y senderos casi inaccesibles, con frío y hambre, no había tenido mucho  tiempo para dejarse llevar por lo que dejaba atrás.  El pensamiento de un mundo mejor y de la libertad tanto tiempo anhelada, se agolpaba cada noche en su cabeza y la ayudaban a seguir adelante.

Pero ahora recordaba los últimos momentos en Barcelona,  las cosas que dijo y las que quedaron en el olvido.  Echaba terriblemente de menos a Jaime, del que ni siquiera tenía una fotografía y tenía miedo de no volver a ver.

Las heridas de la derrota eran más profundas de lo que había pensado y no parecía que fuesen a dejar de sangrar.

Libertad, luchar por ella provocó que a su padre le matasen. Así como a tantos otros. Pronunciar esa palabra parecía darle fuerzas a Jaime cuando hablaba de derrotar a los fascistas. Y por ello, ahora él no estaba con ella, se sentía terriblemente culpable por haber sobrevivido y por haberse marchado de esa manera.

Era curioso, se dijo, que cuando por fin se encontraba fuera de España,  se echaba a llorar cómo una niña pequeña, en vez de celebrarlo y gritar.

Pero aquél día de 1939, mientras las lágrimas le caían por las mejillas, cómo dos pequeños riachuelos, lo único que podía pensar era en que otros jamás podrían pisar el suelo por el que ella andaba.

Las espinas apresaron a la rosa (escrito)

¡¡Bueeeno!! No sabía con qué actualizar y aquí os dejé un escrito que envié a un concurso, no me acaba de convencer cómo me quedó pero espero que al menos os guste. Lo hubiese hecho más largo pero era obligatorio que fuese de esa longitud, así que así quedó. La temática también es esta por el concurso. No suelo actualizar con escritos míos pero bueno, es mi blog y por un día.

Sin más aquí os lo dejo:


Se secó las manos con un trapo y miró la hora: quedaban apenas quince minutos para que él volviese de trabajar. Repasó mentalmente si no se había dejado algo por hacer.  Había limpiado y recogido todo el piso, hecho las camas y llevado a Daniel al colegio. La comida estaba lista y la mesa esperando pacientemente a su llegada. Ese día comerían solamente ellos dos porque Daniel se quedaba en casa de sus abuelos, que serían también los que le irían a buscar.

Aquellos días eran los peores.

Rosa volvió a probar el caldo de la sopa, no fuese a ser que se hubiese pasado con la sal o estuviese soso. Recordaba demasiado bien aquella vez en la que un filete le quedó muy hecho y él se lo tiró al suelo, para ponerlo en el plato de nuevo y decirle que se lo comiese ella. O el día en el que escupió en el plato de lentejas porque decía que estaba frío y que las zanahorias estaban duras.

Repasó las facturas que habían llegado y se preguntó cómo reaccionaría al verlas. Si había tenido un buen día en el trabajo, podía quejarse un poco y seguir comiendo en silencio. Pero si había tenido un mal día, era impredecible.

Rosa hacía tiempo que se había acostumbrado a estar siempre alerta, sabiendo que su marido podía saltar en cualquier momento. Ya hacía tiempo que no le esperaba con entusiasmo, ni buscaba las mejores recetas para prepararle los mejores platos. Atrás quedaban aquellos días en los que él la llevaba a cenar o le permitía vestir faldas cortas. La risa se había esfumado hacía tiempo de aquella casa y las únicas sonrisas que exhibía eran fingidas para no preocupar a su hijo y para complacerle a él.

Se sentía cansada y se preguntó si ese día sería un buen momento para anunciarle su nuevo embarazo. Ella no podría decir que estuviese contenta con eso. Amaba a Daniel con todo su corazón pero no quería tener otro hijo y obligarle a vivir en un infierno. Daniel a sus seis años no comprendía lo que pasaba en su casa pero sí que su madre estaba enferma y que a veces, cuando él y su madre se portaban mal, su padre tenía que castigarla. Ahora Rosa tenía que encerrarle en la otra habitación durante las palizas para que no se convirtiese en otro blanco de su padre y para que el pequeño no intentase interferir.

De haberlo sabido antes…

Cuando pensaba en aquella noche, aún le temblaban las manos.

Había sido un sábado y había partido.  Ella no había cometido ningún error en todo el día y él estaba de buen humor. No sabía que se jugaba pero era algo importante y había deseado que los del Atlético ganasen aquella vez. Ella incluso había atisbado a ver al hombre que la enamoró, pues la él la abrazó con alegría y entusiasmo con el primer gol de su equipo y ella le sonrió y hasta se permitió decirle que marcarían dos goles más.

– ¡Y hasta cuatro! – había dicho él.

Pensaba que aquella noche no estallaría.

Pero sucedió. Rosa no entendía mucho de fútbol pero hasta ella había podido ver que los de las camisetas de rayas rojas y blancas parecían tener menos fuerzas o habilidad y por lo que fuese, acabaron perdiendo su ventaja.

Con el primer gol en contra, él apretó los puños pero no dijo nada. Ella se mantuvo prudentemente callada. Con el segundo él empezó a insultar al árbitro y ella se apartó con cuidado de él. Y con el tercero él apartó los ojos de la televisión.

Y se desató el infierno.

Rosa recordaba haber escuchado de fondo a los comentaristas mezclados con los alaridos del diablo. Recordaba haberse hecho un ovillo para recibir los goles certeros y sentir el dolor punzante al que ya estaba acostumbrada. A veces desataba su furia rápido y esperó que aquél fuese uno de esos días.

Mientras el comentarista comentaba las cualidades del delantero del Barcelona, su marido gritaba que era su culpa y que era gafe y le pegaba patadas en el costado del cuerpo.

Cuando se sucedían las palizas ella solamente pedía al Dios en el que no creía que todo pasase rápido.

Y de repente él la había dejó momentáneamente y miró un punto en el pasillo. Recordaba que casi se le había parado el corazón cuando vio a Daniel allí, llevaba su osito de peluche en las manos y miraba a sus padres con los ojos muy abiertos.

Ella había corrido a protegerle pero llegó demasiado tarde y él lo atrapó primero. Daniel lloró cuando su padre le cogió en brazos para obligarle a volver a su habitación. Rosa le dijo que no pasaba nada que era mejor no hacer enfadar a papá e ir a dormir.

Pero el niño vio el estado de su madre y gritó. Se retorció con su pequeño cuerpecito y su padre le pegó una bofetada.

Ninguna madre debería ver el dolor reflejado en el rostro de un hijo.

Rosa se levantó con un esfuerzo increíble y se enfrentó a su marido. Los ojos de él adquirieron otro matiz y ella supo entonces que había firmado su sentencia de muerte.

Él había dejado al niño en el suelo y había vuelto de nuevo los golpes hacia ella. Ella le gritó a su hijo que se encerrase en su cuarto pero el niño estaba demasiado asustado y aturdido para moverse.

No recordaba cuánto rato pasó, ni siquiera recordaba cuándo dejó de gemir de dolor y recibió los golpes en silencio. Lo único que recordaba era el llanto de Daniel que se le clavaba en el corazón y sus rezos silenciosos para que el crío se hubiese marchado de allí.

Cuando él se marchó, ella se quedó tendida en el suelo, con el cuerpo magullado y hecho pedazos y lloró en silencio. Había intentado reunir las suficientes fuerzas para levantarse, pero no lo había conseguido. Rosa se arrastró hasta la habitación de su hijo y se encontró a Daniel aterrorizado con el pantaloncito de su pijama nuevo mojado.

Madre e hijo durmieron abrazados esa noche y Rosa le hizo jurar a su hijo que cuando papá se enfadase, se encerrase en su cuarto. Le dijo que a veces los padres se enfadaban. El niño estaba aterrorizado por haberse hecho pis encima y se sentía culpable por lo sucedido y por no haber defendido a su madre.

Pobre ángel.

Un ángel en el infierno no puede sobrevivir y Rosa se lo recordaba cada día cuando miraba a su hijo y pensaba en abandonar a su marido. Pero no podía hacerlo.

Le obligó a no contárselo a nadie y al día siguiente su padre apareció con flores para ella y un coche de juguete para Daniel. El niño se mantuvo callado y asustado hasta que vio que sus padres se abrazaban y entonces pidió a su padre jugar con él, con timidez y miedo al principio y él accedió sin alterarse.

– Voy a cambiar, os quiero demasiado a los dos…

Las mismas palabras de siempre y los mismos ojos bondadosos de los que ella se había enamorado.

Ya hacía tiempo que se habían ido los moratones pero las cicatrices de cada paliza seguían persistiendo en el corazón de ella. Algunas heridas no se curan nunca y sin embargo… ¿Por qué seguía allí?

La llave de la puerta de entrada giró y él entró.  Ella escuchó cómo cerraba la puerta y dejaba las llaves. Le dio un beso breve en los labios y se sentó en la mesa. Él estaba de buen humor y alabó la sopa.

Cuando acabaron de comer ella le enseñó las facturas y él se quejó. Dijo que no llegaban a fin de mes y que su sueldo se iba siempre pagando recibos.

Todo podría ser diferente si ella trabajase cómo antes pero no se atrevió a mencionarlo. Se mantuvo en silencio mientras él despotricaba sobre el precio de la luz y la acusó de gastarse el dinero que él ganaba trabajando cómo un burro.

Ella le prometió que gastaría menos desde ese entonces y le pidió perdón. Estaba acostumbrada a disculparse sin tener motivos para ello y él pareció satisfecho.

– ¿Sabes? Esta tarde podríamos llevar a Daniel al parque.- le dijo él.

Rosa intentó que no se le notase la sorpresa reflejada en su rostro.

–  Luego podríamos tomar algo y volver a casa dando un paseo por la calle mayor.- añadió.

A veces la sorprendía con ese tipo de cosas. Pero de todos modos hacía tiempo que él no le pegaba y Rosa quiso creer que de verdad estaba ante un hombre que la quería.

– Me parece bien.- dijo sonriéndole con ternura.- ¿A qué hora? ¿Cuándo salgas del trabajo?

– Sí.- dijo él.- podemos ir a buscarle a casa de mis padres y darle una sorpresa.

– Eso suena estupendo.- contestó ella.

Entonces él la rodeó con sus brazos, ella se dejó abrazar, tensa y alerta.

– ¿Sabes que te quiero, verdad? Todo lo que hago lo hago por ti.- le dijo él.

– Lo sé.

A veces cuando la miraba de aquella manera y la abrazaba con aquella delicadeza llegaba a creer que era sincero. En su mente aparecían los buenos momentos de antes de casarse y se decía a sí misma que podían llegar a ser la familia feliz de los primeros tiempos y de la que él hablaba constantemente.

Ella llegó a corresponder a sus besos sin tener que fingir y le aseguró que le quería.

– Estoy embarazada.- anunció ella.

Ambos caminaban de la mano para ir a buscar a su hijo y ella deseó que esos fueran sus momentos a partir de ahora.

Pero la felicidad no dura mucho cuando se convive con la bestia y bajar la guardia se puede pagar caro.

Alguien les llamó cuando estaban a punto de cruzar la última calle y Lázaro Ortiz se acercó a ellos junto a su perro, un Jack Rusell muy inquieto del que Daniel, con tan sólo verle una vez, había quedado prendado. Lázaro era el padre de un compañero de colegio de Daniel y lo que era peor, tan sólo unos pocos años mayor que Rosa y su marido.

– Me alegro de verte – saludó Lázaro. Ya de por sí aquello fue un error, Rosa conocía bastante bien a la mujer de Lázaro, pues muchas veces coincidían cuando iban a la escuela con los niños y había visto algunas veces a Lázaro. Para él era normal tutearla pero el marido de Rosa frunció el ceño con desconfianza.

– Yo también.- contestó sin saber que otra cosa decir.- Este es mi marido, Jorge.- le presentó enseguida.

A pesar de que seguramente la tormenta se acercaba, su marido fue educado y Lázaro no sospechó nada.

Cómo tanta otra gente.

Era extraño cómo Rosa creía llevar un cartel en la frente que la etiquetaba y sin embargo nadie parecía darse cuenta.

Jorge le pasó el brazo por los hombros a su mujer y se comportó muy atento y cariñoso con ella.

Era escalofriante, le conocía demasiado bien para saber lo que realmente estaba pasando por su mente.

– A ver cuando viene Daniel a casa.- dijo Lázaro con inocencia.- el otro día pareció quedar encantado con Luke.

El perro movió la cola con alegría al escuchar su nombre. Rosa quería que se la tragase la tierra, aquellas palabras probablemente habían sido malinterpretadas por su marido, quién la había soltado y acariciaba al perro en el lomo. El perro pegó un par de ladridos para a continuación pegar un brinco y Jorge rió.

Jorge no reiría cuando ella intentase explicarse.

– ¿Podéis quedaros con Daniel esta noche? Sí, Jorge irá luego a llevarle las cosas…

Rosa acababa de colgar el teléfono y se echó a llorar con amargura. Le dolía cada músculo del cuerpo y no creía ser capaz de llegar a la cama sin ayuda. Entonces se dijo que dejarse morir allí, en el suelo del comedor sería una buena solución.

Daniel no tendría que verla más en esa situación.

Pero continuaría viviendo junto a la bestia.

De nada habían servido las explicaciones de Rosa y sus súplicas; Jorge se había ensañado con ella, incluso pegándole en la cara y otros sitios que solía evitar. Se preguntó cuánto podía sufrir un ser humano hasta abandonarse a la muerte. Y entonces se imaginó a su hijo tirado en el suelo como un muñeco roto y volvió a llorar. Se llevó las manos al vientre, que había intentado proteger con todas sus fuerzas y un miedo ciego le nubló la vista.

No supo cuánto tiempo estuvo así, creyendo que no iba a ser capaz de aguantar los pinchazos de la cabeza y ni a poderse volver a levantar cuando súbitamente alguien le tomó la cara entre sus manos.

Un sollozo. Alguien lloraba junto a ella.

Ella entreabrió los ojos, costándole un gran esfuerzo. Jorge se encontraba frente a ella y ya sabía cuáles serían sus palabras.

– Dios mío, lo siento, Rosa. No sé que me ha pasado… Te amo… Te prometo que no volverá a pasar. ¿Sabes que te quiero, verdad?