3ºC (escrito)

Con el corazón latiendo deprisa y unas piernas que parecen de mantequilla, abres la puerta y sientes que los colores suben a tus mejillas cuando ves que todos te miran al entrar.  Buscas con la mirada algún sitio dónde te puedas colocar y pasar desapercibida para el resto, sintiendo cómo si todos los ojos te estuvieran taladrando y juzgando.

Pretendes no sentir nada, cuando estás rota por dentro y desearías estar muy lejos de allí, en un lugar dónde nadie te conociese, dónde llorar agazapada en algún rincón no se convirtiese en tu día a día. Dónde los desprecios y las humillaciones se convirtiesen en complicidad y risas entre gente que te valorase. Que el llanto diese paso a otras lágrimas, a esas que no puedes contener cuando no puedes parar reír. O de esas que saboreas con alegría al caer por tus mejillas y que muestras con orgullo y no vergüenza.

Nadie te dirige la palabra y la gente ya empieza a escoger los sitios dónde sentarse. Pruebas suerte en uno que parece vacío, sin embargo pronto aparece un chico reclamándolo diciendo que ya lo había escogido antes. Otros chicos le dan la razón y tú te apartas, derrotada. El tiempo apremia, titubeas varias veces sin saber bien dónde ir y justo cuando el profesor entra al aula, ves una mesa que está en primera fila, dónde una chica se ha sentado sola.

Te acercas a la mesa, dudas y tragas saliva.

– ¿Me puedo sentar contigo? – pregunta una voz que no parece la tuya.

Temes la respuesta que has recibido tantas veces y te preparas para adoptar una expresión despreocupada, para no mostrar tu debilidad una vez más.

Pero ella sonríe y con un solo movimiento de cabeza te da la respuesta. Entonces le devuelves la sonrisa y mientras ella se presenta, sientes que por fin has encontrado tu lugar.

7:36 (escrito)

Otra mañana más,  el mismo recorrido de siempre.  Hay caras soñolientas que leen un periódico que no les trae nada nuevo, alguien echa una pequeña cabezada y otro pasajero mira el reloj con impaciencia, sabiendo que llega tarde a la oficina.

Nunca regresará.

Las conversaciones banales, las miradas de soslayo y sonrisas furtivas no van a volver.

Porque esta vez el camino lleva directamente al infierno.

Un hombre todavía le da vueltas a la discusión que mantuvo con su mujer el día anterior sin imaginar que nunca podrá volver a decirle lo mucho que la quiere.  Una mujer sonríe incapaz de ocultar la felicidad que la invade al dirigirse a su primer día de trabajo. Jamás volverá a sonreír.

No intuyen ni imaginan que en unos pocos minutos, todo se romperá en pedazos y serán noticia en los diarios de todo el mundo.

No regresarán y no estarán ahí para verlo.

La repentina explosión devoró todo lo que un día conocimos, la oscuridad apareció sin ser llamada, una intrusa que se coló, engullendo todo lo que momentos antes era vida.

El mundo sollozó, con los rostros pintados de impotencia y los corazones anhelando respuestas a lo inexplicable.

Una ciudad herida, vagones atravesados por dardos certeros, enviados por diablos que se creyeron jueces y libres de decidir acabar con la vida de todas aquellas personas.

Miradas vacías, fantasmas que vagan, arrastrando las piernas sin un rumbo fijo al que dirigirse. Rostros cubiertos de sangre, ceniza envolviendo cuerpos y miradas de incertidumbre y miedo entre aquellos que sobrevivieron.

¿Recuerdas aquella mañana de marzo cuando toda la seguridad a la que te aferrabas desapareció para siempre?

El país se tiñó de negro, el tiempo se paralizó y la muerte se alzó, abrazando y destruyendo con su aliento todo lo que un día floreció.

Madrid escupió fuego, lloró y enmudeció.  Un silencio helado,  quebrado por las melodías de los móviles que jamás serían respondidos. La ciudad entera sucumbió junto a las 191 almas que se apagaron aquella mañana, arrojando humo y metralla.

No fue otra mañana más.

¿Por qué tienen que esconderse? (Escrito)

Las miradas se cruzan, tímidas y cómplices, mientras una sonrisa se escapa involuntariamente de los labios, compartiendo un secreto inconfesable.  El intruso hace una broma ridícula y piensa que la ha hechizado, que la sonrisa es para él.

Todavía lo recuerda, tiene el sabor dulce de sus labios marcado a fuego, cómo en un sueño del que no quiere despertar.   Piensa en cómo su mano se deslizó por debajo de su vestido, cómo intentó contenerse y no caer en sus brazos.  Recuerda la culpa que sintió después de aquella primera vez y que todavía la inunda a veces.  Y, sin embargo, recuerda cada centímetro de su piel, recuerda lo nerviosa que se encontraba de que la viese desnuda y lo excitada que se sintió cuando notó su mano y su lengua, llenando de besos y caricias rincones de su cuerpo que nunca antes había enseñado a nadie.

Y tal y cómo ya pasó en el pasado, el rubor pone color a sus pálidas mejillas al revivir ese momento.  Debería sentirse avergonzada porque lo que hicieron aquella noche no está bien.

Salen a la calle y se coge a su brazo, algo natural que ha hecho tantas otras veces y que los demás no ven cómo algo extraño. Mientras los hombres hablan de cosas que ellas no deben entender, cruzan una mirada en la que se dicen todas las palabras que sus labios sellados no aciertan a pronunciar.

Cuando mira su rostro todo parece más fácil, sus ojos son cálidos y sabe lo que está pensando. Le pregunta sin hablar lo que le sugirió en la cama entre arrumacos y besos. Ella, más ocupada en explorar su cuerpo y aprender a amar, no le hizo mucho caso.

Todo parece posible cuando se susurra entre sábanas el futuro que compartirán, los sueños que vivirán y los lugares que visitarán.

Pero, ¿A dónde huirían?

– No importa, encontraremos un lugar para estar juntas.- le había dicho con convicción para a continuación obsequiarla con una gran sonrisa traviesa.

Recordó lo guapísima que estaba, con el cabello desordenado y esos hoyuelos que se le formaban en las mejillas cuando sonreía.

Por un momento se deja llevar por la fantasía, se imagina besándola por la calle siempre que quiere, viviendo en una casa cerca del mar y amaneciendo cada día junto a ella.

La magia se rompe cuando viene él, aquél al que está destinada a unir su vida para siempre y al que debe respeto y fidelidad. Hace un chiste sin gracia y ella se obliga a sonreír tímidamente. Algo se resquebraja en su interior cuando suelta el brazo, es como si ya le estuviese diciendo adiós.

¿Por qué tienen que esconderse? ¿Por qué condenar a dos personas que se quieren?

Se siente culpable cuando él la besa rápidamente en los labios y se obliga a escuchar una conversación que no le interesa en absoluto.

No quiero casarme contigo, no siento mariposas en el estomago cuando te veo, ni haces que sienta vértigo cada vez que me tocas. No me pongo nerviosa cuando te veo, ni me haces gracias con ese sentido del humor machista y estúpido que más ganas me dan de pegarte un bofetón que de abrazarte.

Quiere decirle todas esas cosas, abrirle su corazón y que entienda.

Pero no puede.

Unos pies que no parecen los suyos la obligan a seguir caminando junto a él, mientras siente cómo unas cadenas le quemasen la piel.

Su mente le dice que hace lo que debe hacer pero su corazón la oprime, culpándola de una decisión que va a condenarla para toda la vida.

Greguerías y microrrelato

En este post os preguntaba sí os gustaría que subiese más escritos míos. Y este es el resultado de la encuesta.

8votos

¡Sorprendentemente la gente votó en la encuesta y todo! ¡Ocho personas! Y yo que pensaba que no me votaría ni Dios o que aparecerían trolls pidiéndome que no subiese ninguno más. A ver en realidad imaginaba que uno o dos votos tendría (mi blog no es muy grande ni conocido) pero no imaginaba más.

Así que os hago caso y os subo cosillas escritas por mí.

Lo primero que voy a compartir con vosotros son unas greguerías que hice para un ejercicio en un curso hace tiempo. Pero antes de que las leáis… ¿Sabéis lo que es una greguería?

“Las greguerías son textos breves semejantes a aforismos, que generalmente constan de una sola frase expresada en una sola línea, y que expresan, de forma aguda y original, pensamientos filosóficos, humorísticos, pragmáticos, líricos, o de cualquier otra índole…”

Y estas son las mías, no son nada del otro mundo y lo mismo un experto me dice que no se catalogan de eso pero bueno me siento orgullosa porque no había escrito ninguna antes.

Las nubes son las esponjas del cielo.
El tren que silba al paisaje.
La nieve es el azúcar de la tierra.

Me encanta la primera y ahora mismo aplaudo a mi yo del pasado cuando de repente se le ocurrió eso.  Lo mejor de todo es que no estuve horas y horas pensando y cambiando palabras, fue lo primero que me vino a la cabeza. Creo que la del tren no es una greguería pero haremos ver que sí. Que por cierto en el curso nos pusieron de ejemplo una que dice:

La pulga hace guitarrista al perro.

Y quería compartirla con vosotros, porque me hizo gracia en su momento. Sí, mi humor es ese. Y desde luego esa sola greguería es mejor que las mías. ¿Me escondo ya en el baúl?

Y para finalizar la entrada os dejo un microrrelato. Si os soy sincera no se me dan muy bien pero bueno.

Ella jamás imaginó fuese a acabar así. Nadie cree que pueda llegar el día en el que muera. Su vida no pasó ante sus ojos, porque lo único que podía ver era la cara de su verdugo roja por el esfuerzo. Quiso llorar pero sus ojos estaban secos. Quiso gritar y apartarle, pero sus manos parecían atadas. Quiso impedirlo pero su cuerpo no respondió.
Siguió mirándole aún después de que se apagase su vida con el terror de quién ha perdido toda esperanza. Y él siguió clavando el cuchillo aún cuando ella dejó de retorcerse y su vida se apagó. Necesitó unos largos minutos para calmar el sonido acelerado de su corazón. Un tiempo breve que pareció toda una vida para tomar conciencia de lo que había hecho. Sus manos manchadas de sangre, el sudor frío recorriendo su frente. Vomitó. No había calculado que acabaría así.
Pero esa zorra lo merecía.

Si os interesa, me he abierto un perfil en Megustaescribir y allí intentaré subir historias con más frecuencia que aquí. Mi cuenta aquí, aunque todavía estoy aprendiendo cómo va la página.

La infame escalera (escrito)

El desdichado empieza a subir los escalones de nuevo, es la sexta vez ese día y el gran bloque de granito parece pesar el doble que las veces anteriores.  ¿Cuánto pesa? ¿Veinte kilos? ¿Treinta?  Le duelen todos los músculos del cuerpo y está extenuado pero empieza a subir la infame escalera de manera automática. No debe llamar la atención y tiene que seguir aparentando que tiene la fuerza que perdió hace tiempo. Pararse un segundo a recuperar el aire es fatal. Junto a él, miles de otros prisioneros, sufren el mismo cruel destino. Piernas esqueléticas que soportan el resto del cuerpo, antes robusto y atlético, ahora piel y huesos.

Es importante seguir el mismo ritmo, mantenerse mirando al frente y compenetrado con el compañero de delante. Ya no hace caso a los ladridos de los perros, ni a los bastonazos de los kapos.  El dolor no es nuevo, el olor a muerte lo impregna todo y él sabe que quizá este día su suerte se haya acabado. Y quizá lo prefiera así, él no está contento con la suerte que le ha acompañado desde aquella lejana batalla en el Ebro, dónde resultó herido y milagrosamente salvó la vida.  Luego vino el duro exilio, dónde las playas de Francia no le recibieron con los brazos abiertos, dónde pensó que había visto el peor lado del ser humano al ver a las madres ahogar a sus bebés porque no podían alimentarlos.

Pero se equivocaba.

Cuando se unió para luchar contra los nazis, se sentía contento de haber sobrevivido, de poder vivir un día más y hacerlo por obtener la libertad que en España había perdido. Entonces le atraparon y se percató de que el demonio existe realmente.

No, está enfadado con la suerte y no la quiere de su lado.

En lo más hondo de su corazón él quiere seguir viviendo, quiere seguir luchando contra el fascismo y quiere creer que un día todo acabará y esto será un mal sueño.  Quiere pensar en su Carmen de la que se separó hace lo que parece una eternidad y del pequeño Marcelino. No logra recordar sus rostros, ni el tacto de su piel.

Otro escalón, el hambre le incordia de nuevo y siente que va a desmayarse. Es un milagro que todavía sujete la pesada roca sobre su espalda. Sabe que por muchas fantasías que todavía pueda albergar en su cabeza, la única forma de salir de allí es siendo otro paracaidista más para volar después en forma de humo por la chimenea.

Él nunca creyó en Dios pero si realmente existe, quiere obligarlo a dirigir su vista a esa escalera, a que vea lo que allí está ocurriendo y haga algo para detenerlo.

Pero sabe que nadie va a venir, nadie va a rescatarlo. No van a quedar testigos y nadie va a saber jamás el horror que allí viven millones de personas. Entonces, ¿Por qué sigue vivo?

Se produce un alboroto, los verdugos, con sus uniformes impolutos y su refinado aspecto, ríen a carcajadas mientras se oye el conocido sonido de algo chocar contra el suelo desde una gran altura. Él no mira, tan solo atisbar de reojo sería su sentencia de muerte. Pero sabe que un nuevo paracaidista ha sucumbido al abismo.

Sería tan fácil dejarse caer, tumbarse para no  tener que levantarse más… Morir puede ser un consuelo y no es la primera vez que esa idea acude a su mente. Pero no lo hará, no quiere darles esa satisfacción.

Él sigue vivo. Y sigue ahí no por su odiada suerte ni porque sea mejor que otros. Él no es mejor que aquella niña pequeña que vio partir junto a su madre, directa a una muerta segura en las cámaras de gas sin ni siquiera saberlo. Él no es mejor que aquel camarada que decidió tirarse a la valla electrificada  Todavía puede ver el color del cielo, puede sentir el frío y no se ha abandonado.

Sigue ahí,  ha podido volver a subir esa escalera de 186 escalones y tiene que seguir vivo para ver el final de la guerra, sea cuál sea. Tiene que sobrevivir para que quede un testigo de lo que allí acontece.  Tendrán que coserle a balazos para acabar con él.

Las piernas apenas le sostienen cuando por fin llega al añorado último escalón.  Y entonces susurra, intentando convencerse a sí mismo:

Una victoria más.

Escrito que escribí hace un par de meses basado en la escalera del campo de concentración de Mauthausen y en lo que he leído sobre el tema.

Os dejo también aquí un vídeo de la escalera para que os hagáis una idea de lo que tenían que subir. Ahora imaginad que la subís en las condiciones que lo hicieron los presos. Horrible.

Y ahora una encuestita (dudo mucho que haya muchos votos pero bueno…). Es que tengo escritos guardados y escribo muchos pero en internet publico muy pocos, de hecho en el blog solamente hay dos o tres… Así que haya va.

 

Y otra cosa… ¿Sabéis que me gustaría también? Que la gente me mandase ideas sobre lo que escribir o me dijese cosas sobre las que les gustaría que escribiese. Esto no va a tener comentarios pero por probar… ¡Y que comentéis que os ha parecido el escrito!