Tras los muros (microrrelato)

Se marchitó tras los muros del castillo que con tanto esfuerzo levantó. Sustituyeron su corona por grilletes que la condenaron. El verdugo le robó su trono y su sentencia fue el silencio.

Anulada a razón y humillada en su prisión, veneno recibió de los besos que entregó.

Perdones concedió tras disculpas del actor. La sonrisa se apagó cuando se bajó el telón. Al cuento le cambiaron el final y ningún príncipe acudió a salvarla.

De los gritos que exhaló nadie oyó ni un solo ruido. De los golpes que le dio el que más dolió fue el del alma.

De la sangre que manó nadie fue testigo.

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Poesía

Antes e que os echéis encima, se me da fatal escribir poesía y hace años que no lo hacía. Lamento los errores y que la última estrofa parezca colgar ahí solitaria.

Es fácil mirar al pasado,

Con mordazas que nos hielan

Y cadenas que nos queman,

Ligadas a unos pies que tropiezan,

Destruyendo lo andado

Difícil es ver un futuro dorado,

De esperanzas que quiebran,

Sentimientos que cambian

Y palabras que callan

Paralizando lo soñado

Un corazón cargado,

De ilusiones que lloran

Y anhelos que escapan

Y se cierran

A un presente deseado

Una infancia negada

Una mente anulada

Un alma sin rumbo

Mi pequeño peludo (escrito)

Todavía te veo allí, tumbado en el sillón del que te adueñaste, dejando que tus doloridos huesos descansasen del trajín del día a día. El esfuerzo de subir a tu trono ya podía dejarte agotado durante largos períodos de tiempo.  No parecía gran cosa pero para ti era un logro que no puedo pasar por alto.

Tu presencia silenciosa y fiel me acompaña aún ahora. Los recuerdos se agolpan en mi mente y te veo corriendo detrás de una pelota amarilla, durmiendo a mi lado en la cama o pidiendo mimos.

Recuerdo cuando eras pequeño, cómo llorabas por las noches y cómo seguiste haciéndolo, cómo sabía lo que necesitabas con tan sólo una mirada.

Te fuiste y aunque creí estar preparada, no lo estaba. Nunca se está preparado para alejar de ti a uno de los seres que más has querido en el mundo.

Sigo viéndote en el parque, en tu lugar favorito de la casa y en los pequeños detalles que antes no sabía apreciar.

Te extraño y nunca imaginé que fuese a doler tanto no tener tu presencia junto a mí.

Escribo para decirte que no te he olvidado y nunca lo haré. Que tu presencia peluda me reconfortaba, abrazarte cuando todo estaba oscuro me animaba y te siento en cada paso que doy.

No ha nacido para esto (escrito)

El moribundo mira aterrorizado a su enemigo. Sigue sin entender muy bien que hace ahí y porque aquél que le dio de comer ahora le está atacando. Quiere salir de allí y su instinto le dice que huya, que desaparezca rápido antes de que sea demasiado tarde.

Sus patas no le responden, le flaquean las fuerzas y no puede correr tan rápido cómo desearía. Además  su verdugo se vuelve a acercar amenazador balanceando esa ridícula extraña tela roja. Consigue ahuyentarlo a duras penas, amenazándole con sus grandes cuernos y a punto de herirle. Para su sorpresa oye gritos, cosa que le desconcierta todavía más.

Lentamente, con aspavientos extraños vuelve a tenerle encima y le acorrala. Sin ningún lugar al que escapar y con un dolor atroz recorriendo cada centímetro de su piel se abalanza sobre su agresor en un intento desesperado de defenderse de la inevitable muerte.

Y llega otro pinchazo, se retuerce e intenta sacarse de encima esa extraña arma que le destroza todo el cuerpo.

Rabia, impotencia y sufrimiento.

Con la desesperación del que sabe que va a morir, persigue a su oponente a lo largo de la arena pero sus movimientos son lentos y pronto vuelve a sentir un dolor atroz que le atraviesa todo el cuerpo. Siente deslizarse la sangre a lo largo del lomo y sus ojos ven borroso.

A estas alturas quiere echarse en el suelo y acabar con todo el padecimiento. Pero ni siquiera eso le concede. Su sanguinario oponente vuelve a la carga una y otra vez, esquivando fácilmente sus vanos y exasperados intentos de alejarle.

Si pudieses preguntarle y él fuese capaz de contestar, ¿Crees que entendería que la tortura que le ha arrebatado la vida es  lo que tu llamas cultura?

Más aún, ¿Tendrías la desfachatez de decirle que le amas?

El toro muere frente a una multitud enloquecida que adora a un asesino disfrazado de luces y que aplaude y adora al mismo diablo. Porque solo alguien cómo el demonio podría mostrar cómo trofeo los restos del infeliz animal.

No ha nacido para esto.

Otro escrito

Su madre murió al traerla al mundo pero dicen que es su vivo retrato.  No le hacen falta las fotos porque cada día charla un rato con ella.  De ojos pardos y mirada severa, su rostro denota severidad y sus bellas facciones tienen una palidez fantasmagórica. Tiene el cabello negro, recogido en un apretado moño y frunce el ceño del mismo modo que ella cuando hay algo que no le gusta.

Ese día parece enfadada, se le nota en la manera con la que aprieta los labios y en la mirada reprobatoria que le echa.  Ella lucha por tragar las lágrimas, aprieta las manos hasta hacerse daño y se recrimina haberse manchado el vestido.

De repente la mano se acerca y ella se aparta por alto reflejo. Pero el golpe no llega y la mano sostiene una pastilla blanca. Alza la mirada de nuevo y no reconoce a la mujer que tiene delante. Desconfía de ella, y se niega a tomarse lo que le ofrece.  Es muy sospechoso que de repente su madre haya desaparecido y venga una desconocida ofreciéndole algo que ni siquiera sabe lo que es.  ¿No será ella la culpable?

Escucha su voz y todo se borra de un plumazo.  Vuelve a sentir ganas de reír pero esta vez de alegría, no entiende porque cinco minutos antes se sentía tan triste. Se había olvidado que su hija  había venido a visitarla y sabiendo su mala memoria le da la pastilla que tiene que tomarse para el azúcar. ¿O era para el colesterol? A su edad se toman pastillas para todo, aunque no las necesites. Ya se encargaran los médicos de inventarse cualquier mal.

Pamplinas, la única enfermedad que tiene es que está vieja.

Acepta la pastilla con una sonrisa y el vaso que le ofrece con la otra mano. Tiene muchas cosas que preguntarle. ¿Por qué no ha venido antes? ¿Sigue hasta arriba de trabajo? ¿Ha venido a verla la pequeña Martina?

Bebe, cuesta tragar. Odia estar enferma, le impide ir a la calle a jugar con las otras niñas y su abuela, que ha cuidado de ella desde que tiene uso de razón la obliga a tomar brebajes asquerosos y a taparse con miles de mantas hasta que empieza a sudar.

Su abuela la mira preocupada y sabe que se va a enfadar cuando se lo diga.

– No te enfades pero me he manchado el vestido.

Lo suelta de golpe y se echa a llorar, sabiendo que eso no le salvará del castigo. Hipa fuerte y se odia por el numerito que está montando.

Unas manos la sujetan y la intentan tranquilizar, le dicen palabras que no logra entender. Poco a poco consigue dominarse pero cuando levanta de nuevo la mirada, el miedo hace que se olvide de su dolor y un grito involuntario sale de su garganta.

No es su abuela la que le da consuelo, sino una mujer que no logra identificar.

3ºC (escrito)

Con el corazón latiendo deprisa y unas piernas que parecen de mantequilla, abres la puerta y sientes que los colores suben a tus mejillas cuando ves que todos te miran al entrar.  Buscas con la mirada algún sitio dónde te puedas colocar y pasar desapercibida para el resto, sintiendo cómo si todos los ojos te estuvieran taladrando y juzgando.

Pretendes no sentir nada, cuando estás rota por dentro y desearías estar muy lejos de allí, en un lugar dónde nadie te conociese, dónde llorar agazapada en algún rincón no se convirtiese en tu día a día. Dónde los desprecios y las humillaciones se convirtiesen en complicidad y risas entre gente que te valorase. Que el llanto diese paso a otras lágrimas, a esas que no puedes contener cuando no puedes parar reír. O de esas que saboreas con alegría al caer por tus mejillas y que muestras con orgullo y no vergüenza.

Nadie te dirige la palabra y la gente ya empieza a escoger los sitios dónde sentarse. Pruebas suerte en uno que parece vacío, sin embargo pronto aparece un chico reclamándolo diciendo que ya lo había escogido antes. Otros chicos le dan la razón y tú te apartas, derrotada. El tiempo apremia, titubeas varias veces sin saber bien dónde ir y justo cuando el profesor entra al aula, ves una mesa que está en primera fila, dónde una chica se ha sentado sola.

Te acercas a la mesa, dudas y tragas saliva.

– ¿Me puedo sentar contigo? – pregunta una voz que no parece la tuya.

Temes la respuesta que has recibido tantas veces y te preparas para adoptar una expresión despreocupada, para no mostrar tu debilidad una vez más.

Pero ella sonríe y con un solo movimiento de cabeza te da la respuesta. Entonces le devuelves la sonrisa y mientras ella se presenta, sientes que por fin has encontrado tu lugar.

Mini escrito

Acaricio tu piel, contenta de volver a verte.  Mis ojos recorren cada rinconcito de tu  ser mientras tú me hablas en silencio y yo no necesito más.  Con unas pocas palabras me abres un mundo desconocido que me hace olvidar las penas que me impiden respirar.

Ríos de tinta que me hipnotizan, me secuestran y apartan de lo que ellos llaman el mundo real. Porque tú y yo sabemos que el mundo está en ti, en las historias que me cuentas cada vez que me invitas a tu casa. Cada vez que abro tu puerta y me aprisionas el alma, me haces llorar o reír según la circunstancia y yo no puedo apartar la mirada de tus letras.

No necesito más, la felicidad la encontré en las hojas de un libro.


Siento haberos dejado tanto tiempo sin actualizar y sé que este escrito no está muy elaborado pero últimamente no tengo inspiración y no quería dejaros abril sin ningún escrito, ya os explicaré más adelante el motivo.

7:36 (escrito)

Otra mañana más,  el mismo recorrido de siempre.  Hay caras soñolientas que leen un periódico que no les trae nada nuevo, alguien echa una pequeña cabezada y otro pasajero mira el reloj con impaciencia, sabiendo que llega tarde a la oficina.

Nunca regresará.

Las conversaciones banales, las miradas de soslayo y sonrisas furtivas no van a volver.

Porque esta vez el camino lleva directamente al infierno.

Un hombre todavía le da vueltas a la discusión que mantuvo con su mujer el día anterior sin imaginar que nunca podrá volver a decirle lo mucho que la quiere.  Una mujer sonríe incapaz de ocultar la felicidad que la invade al dirigirse a su primer día de trabajo. Jamás volverá a sonreír.

No intuyen ni imaginan que en unos pocos minutos, todo se romperá en pedazos y serán noticia en los diarios de todo el mundo.

No regresarán y no estarán ahí para verlo.

La repentina explosión devoró todo lo que un día conocimos, la oscuridad apareció sin ser llamada, una intrusa que se coló, engullendo todo lo que momentos antes era vida.

El mundo sollozó, con los rostros pintados de impotencia y los corazones anhelando respuestas a lo inexplicable.

Una ciudad herida, vagones atravesados por dardos certeros, enviados por diablos que se creyeron jueces y libres de decidir acabar con la vida de todas aquellas personas.

Miradas vacías, fantasmas que vagan, arrastrando las piernas sin un rumbo fijo al que dirigirse. Rostros cubiertos de sangre, ceniza envolviendo cuerpos y miradas de incertidumbre y miedo entre aquellos que sobrevivieron.

¿Recuerdas aquella mañana de marzo cuando toda la seguridad a la que te aferrabas desapareció para siempre?

El país se tiñó de negro, el tiempo se paralizó y la muerte se alzó, abrazando y destruyendo con su aliento todo lo que un día floreció.

Madrid escupió fuego, lloró y enmudeció.  Un silencio helado,  quebrado por las melodías de los móviles que jamás serían respondidos. La ciudad entera sucumbió junto a las 191 almas que se apagaron aquella mañana, arrojando humo y metralla.

No fue otra mañana más.