Sin título (escrito)

Todo lo que fuimos y soñábamos ser quedó olvidado bajo las hojas de los árboles de un otoño corriente. En un septiembre enterrado y un octubre marchito,  junto a un noviembre sin nombre pasando a un diciembre gris y sin luces.  Allí quedó todo lo que un día hicimos brillar.

Promesas vacías y confianzas perdidas, anhelando palabras que nunca llegué a pronunciar. Disculpas que suenan a excusas y estúpidos miedos que me hicieron callar.

Los recuerdos toman forma y aparecen ante mi rostro sin que les haya llamado. Fantasmas que amenazan con derrumbar mi mundo y todo lo sólido a lo que me aferro.  Cierro los ojos, me abrazo a mis rodillas, deseando un agosto que nunca volverá.

Así que me siento  reviso las fotografías y pienso en todo lo que dejé ir.

Y quiero viajar de nuevo a esos días, dónde las flores no se habían apagado y la primavera brillaba en tus ojos, que refulgían inocentes sin un asomo de desconfianza.  De sonrisas en un verano claro y  lugares que solamente conocíamos nosotras.

Hablabas de qué hacer el año siguiente y yo te hacía reír, de aquella manera tan contagiosa que hacía que la gente nos tomase por chifladas. Te cogía de la mano y bailábamos nuestra propia banda sonora improvisada.

Por aquél entonces deseaba que el tiempo se parase, que las manecillas del reloj no avanzasen y de verdad te quería a mi lado. Pero en el fondo de mi alma sabía que aquello no iba a durar, pues todo a lo que cojo aprecio acaba convertido en cenizas.

Sé que piensas que me disfracé  de alguien que no era yo, que me reí de ti todo el tiempo, marchitando todo lo que habíamos construido cuando te pillé con la guardia baja.

No fingí, nada de lo que te dije fue impostado y jamás quise destrozarte el alma.

Te pedí perdón cuando sabía que eso no bastaba, que tú esperabas más explicaciones. Me gritaste, me acusaste y buscaste respuestas que yo no podía darte. Yo nunca fui tan valiente como tú y sabía que tarde o temprano la tormenta iba a estallar.

Quise abrazarte, quise besarte. Apartarte un mechón de tu largo pelo y aspirar tu aroma, besar tus labios y  decirte que era todo una broma de mal gusto.

Pero no lo hice.

Me quedé quieta, paralizada de horror por el monstruo en el que me había convertido. Te dije todas aquellas cosas que nunca sentí.

Me quedé muda cuando vi tus ojos y supe que te había perdido para siempre.

Me consumí de dolor y sentí que la oscuridad se apoderaba  de mí. No me reconocía en el espejo y me alegré que en ese momento no estuvieses ya más a mi lado porque no te gustaría nada mi aspecto.

Y si me vieses ahora… Me obligarías a salir de aquí.

Quiero romper las fotografías, convertirlas en pedazos hasta que me olvide de tu rostro.  Pero me la llevo a los labios, sintiendo cada beso que ya nunca podré darte.

Todavía escucho el sonido de tu risa, veo una película y quiero preguntarte si la has visto y qué te ha parecido.

Aún guardo tu número, me aferro a ese pedazo de papel de igual modo que lo hago con las fotografías y los recuerdos.  Escuchar de nuevo tu voz y tenerte cerca.

¿Es demasiado tarde? ¿Hay lugar para un nosotras?

Marco los números con manos temblorosas.

Quizá me olvidarás o tal vez pensarás en mí y me recordarás con amargura e incluso puede que con una pizca de rencor.

Pero tu voz no está al otro lado, una desconocida ya ha ocupado mi lugar. Pregunta quién es y yo no soy capaz de responder y entonces, antes de que cuelgue, me parece oír tu voz.

No cuelgues, susurro.

Pero lo hace, me toma por loca, pues no contesto a sus preguntas y le parezco una broma de mal gusto.

Llevas una vida que podría haber sido la nuestra, junto a alguien que te comprende y sabe darte lo que yo nunca pude.

Es tarde y yo misma me lo busqué. Dejé escapar los pétalos de la primavera y, ahora, he de aprender a vivir con la nieve del invierno.

 


 

No me gusta mucho cómo me ha quedado el final, no era cómo lo había planeado y hay trozos de la historia que me han quedado forzados pero en fin… Espero que os haya gustado. ¿Se os ocurre algún título para este extraño relato de pérdida?

No ha nacido para esto (escrito)

El moribundo mira aterrorizado a su enemigo. Sigue sin entender muy bien que hace ahí y porque aquél que le dio de comer ahora le está atacando. Quiere salir de allí y su instinto le dice que huya, que desaparezca rápido antes de que sea demasiado tarde.

Sus patas no le responden, le flaquean las fuerzas y no puede correr tan rápido cómo desearía. Además  su verdugo se vuelve a acercar amenazador balanceando esa ridícula extraña tela roja. Consigue ahuyentarlo a duras penas, amenazándole con sus grandes cuernos y a punto de herirle. Para su sorpresa oye gritos, cosa que le desconcierta todavía más.

Lentamente, con aspavientos extraños vuelve a tenerle encima y le acorrala. Sin ningún lugar al que escapar y con un dolor atroz recorriendo cada centímetro de su piel se abalanza sobre su agresor en un intento desesperado de defenderse de la inevitable muerte.

Y llega otro pinchazo, se retuerce e intenta sacarse de encima esa extraña arma que le destroza todo el cuerpo.

Rabia, impotencia y sufrimiento.

Con la desesperación del que sabe que va a morir, persigue a su oponente a lo largo de la arena pero sus movimientos son lentos y pronto vuelve a sentir un dolor atroz que le atraviesa todo el cuerpo. Siente deslizarse la sangre a lo largo del lomo y sus ojos ven borroso.

A estas alturas quiere echarse en el suelo y acabar con todo el padecimiento. Pero ni siquiera eso le concede. Su sanguinario oponente vuelve a la carga una y otra vez, esquivando fácilmente sus vanos y exasperados intentos de alejarle.

Si pudieses preguntarle y él fuese capaz de contestar, ¿Crees que entendería que la tortura que le ha arrebatado la vida es  lo que tu llamas cultura?

Más aún, ¿Tendrías la desfachatez de decirle que le amas?

El toro muere frente a una multitud enloquecida que adora a un asesino disfrazado de luces y que aplaude y adora al mismo diablo. Porque solo alguien cómo el demonio podría mostrar cómo trofeo los restos del infeliz animal.

No ha nacido para esto.

Otro escrito

Su madre murió al traerla al mundo pero dicen que es su vivo retrato.  No le hacen falta las fotos porque cada día charla un rato con ella.  De ojos pardos y mirada severa, su rostro denota severidad y sus bellas facciones tienen una palidez fantasmagórica. Tiene el cabello negro, recogido en un apretado moño y frunce el ceño del mismo modo que ella cuando hay algo que no le gusta.

Ese día parece enfadada, se le nota en la manera con la que aprieta los labios y en la mirada reprobatoria que le echa.  Ella lucha por tragar las lágrimas, aprieta las manos hasta hacerse daño y se recrimina haberse manchado el vestido.

De repente la mano se acerca y ella se aparta por alto reflejo. Pero el golpe no llega y la mano sostiene una pastilla blanca. Alza la mirada de nuevo y no reconoce a la mujer que tiene delante. Desconfía de ella, y se niega a tomarse lo que le ofrece.  Es muy sospechoso que de repente su madre haya desaparecido y venga una desconocida ofreciéndole algo que ni siquiera sabe lo que es.  ¿No será ella la culpable?

Escucha su voz y todo se borra de un plumazo.  Vuelve a sentir ganas de reír pero esta vez de alegría, no entiende porque cinco minutos antes se sentía tan triste. Se había olvidado que su hija  había venido a visitarla y sabiendo su mala memoria le da la pastilla que tiene que tomarse para el azúcar. ¿O era para el colesterol? A su edad se toman pastillas para todo, aunque no las necesites. Ya se encargaran los médicos de inventarse cualquier mal.

Pamplinas, la única enfermedad que tiene es que está vieja.

Acepta la pastilla con una sonrisa y el vaso que le ofrece con la otra mano. Tiene muchas cosas que preguntarle. ¿Por qué no ha venido antes? ¿Sigue hasta arriba de trabajo? ¿Ha venido a verla la pequeña Martina?

Bebe, cuesta tragar. Odia estar enferma, le impide ir a la calle a jugar con las otras niñas y su abuela, que ha cuidado de ella desde que tiene uso de razón la obliga a tomar brebajes asquerosos y a taparse con miles de mantas hasta que empieza a sudar.

Su abuela la mira preocupada y sabe que se va a enfadar cuando se lo diga.

– No te enfades pero me he manchado el vestido.

Lo suelta de golpe y se echa a llorar, sabiendo que eso no le salvará del castigo. Hipa fuerte y se odia por el numerito que está montando.

Unas manos la sujetan y la intentan tranquilizar, le dicen palabras que no logra entender. Poco a poco consigue dominarse pero cuando levanta de nuevo la mirada, el miedo hace que se olvide de su dolor y un grito involuntario sale de su garganta.

No es su abuela la que le da consuelo, sino una mujer que no logra identificar.

Mini escrito

Acaricio tu piel, contenta de volver a verte.  Mis ojos recorren cada rinconcito de tu  ser mientras tú me hablas en silencio y yo no necesito más.  Con unas pocas palabras me abres un mundo desconocido que me hace olvidar las penas que me impiden respirar.

Ríos de tinta que me hipnotizan, me secuestran y apartan de lo que ellos llaman el mundo real. Porque tú y yo sabemos que el mundo está en ti, en las historias que me cuentas cada vez que me invitas a tu casa. Cada vez que abro tu puerta y me aprisionas el alma, me haces llorar o reír según la circunstancia y yo no puedo apartar la mirada de tus letras.

No necesito más, la felicidad la encontré en las hojas de un libro.


Siento haberos dejado tanto tiempo sin actualizar y sé que este escrito no está muy elaborado pero últimamente no tengo inspiración y no quería dejaros abril sin ningún escrito, ya os explicaré más adelante el motivo.

7:36 (escrito)

Otra mañana más,  el mismo recorrido de siempre.  Hay caras soñolientas que leen un periódico que no les trae nada nuevo, alguien echa una pequeña cabezada y otro pasajero mira el reloj con impaciencia, sabiendo que llega tarde a la oficina.

Nunca regresará.

Las conversaciones banales, las miradas de soslayo y sonrisas furtivas no van a volver.

Porque esta vez el camino lleva directamente al infierno.

Un hombre todavía le da vueltas a la discusión que mantuvo con su mujer el día anterior sin imaginar que nunca podrá volver a decirle lo mucho que la quiere.  Una mujer sonríe incapaz de ocultar la felicidad que la invade al dirigirse a su primer día de trabajo. Jamás volverá a sonreír.

No intuyen ni imaginan que en unos pocos minutos, todo se romperá en pedazos y serán noticia en los diarios de todo el mundo.

No regresarán y no estarán ahí para verlo.

La repentina explosión devoró todo lo que un día conocimos, la oscuridad apareció sin ser llamada, una intrusa que se coló, engullendo todo lo que momentos antes era vida.

El mundo sollozó, con los rostros pintados de impotencia y los corazones anhelando respuestas a lo inexplicable.

Una ciudad herida, vagones atravesados por dardos certeros, enviados por diablos que se creyeron jueces y libres de decidir acabar con la vida de todas aquellas personas.

Miradas vacías, fantasmas que vagan, arrastrando las piernas sin un rumbo fijo al que dirigirse. Rostros cubiertos de sangre, ceniza envolviendo cuerpos y miradas de incertidumbre y miedo entre aquellos que sobrevivieron.

¿Recuerdas aquella mañana de marzo cuando toda la seguridad a la que te aferrabas desapareció para siempre?

El país se tiñó de negro, el tiempo se paralizó y la muerte se alzó, abrazando y destruyendo con su aliento todo lo que un día floreció.

Madrid escupió fuego, lloró y enmudeció.  Un silencio helado,  quebrado por las melodías de los móviles que jamás serían respondidos. La ciudad entera sucumbió junto a las 191 almas que se apagaron aquella mañana, arrojando humo y metralla.

No fue otra mañana más.

A la deriva (escrito)

Abraza a su pequeño y se aferra a él, como si de esa manera pudiera alejarle del peligro en el que se encuentran. El niño no se mueve y ella teme que vaya a morir congelado antes de llegar a su destino. No puede arroparle, no tienen mantas y aunque las tuviesen no habría suficientes para todos, así que trata de darle calor con su cuerpo. También intenta fijar la vista en un punto dónde poder hacer caso omiso a las olas, las cuáles parece que vayan a tragarse la embarcación de un momento a otro. Podría ignorarlas si no fuese por las sacudidas y si pudiese deshacerse de esas ganas de vomitar y ese miedo que le impide pensar con claridad.

No sabe nadar.

Frente a ella hay miles de rostros ojerosos y temerosos, condenados a un mismo futuro incierto y víctimas de un pasado infernal. Apretujados, en la mente de todos surge la misma pregunta, ¿Qué va a ser de ellos?

Hace tiempo que el optimismo se agotó,  sus esperanzas y sueños se desvanecieron cuando fueron abandonados en ese oscuro y terrorífico mar.

Les habían prometido tantas cosas… Y ella solamente quería vivir en paz, sin una guerra que hiciese que cada bocanada de aire fuese importante, puesto que no sabías si en unos minutos seguirías vivo y sería la última. Quería vivir sin temer ser secuestrada, violada o asesinada a cada paso que diesen sus pies. Quería encontrar un lugar dónde hubiese trabajo para todos, dónde pudiese criar a su hijo y no preocuparse porque una bomba cayese encima de la cabeza de su pequeño cuando estuviese en el colegio.

Así perdió a su primer hijo.

Y ellos le habían ofrecido a su familia la posibilidad de alejarse de todo aquello,  al igual que a tantos otros.  Abandonar el infierno para siempre, adentrarse a mar abierto para enfrentarse a un futuro lejano y maravilloso. Cualquier destino puede parecer el paraíso cuando has convivido con el diablo.

Promesas vacías a las que todos ellos se aferraron cómo a un clavo ardiendo. Dieron todo lo que tenían con la promesa de llegar a un nuevo continente donde podrían empezar de cero.

Se lo habían arrebatado todo y no podían hacer nada por cambiarlo.

Nunca pensaron que fuese a ser un viaje fácil, sabían que podían morir intentándolo, pues la cantidad de historias que circulaban hacía estremecer al más aguerrido guerrero.  No estaban locos, no eran suicidas y amaban la vida.  No abandonaban sus raíces y su alma por gusto.

El terror de lo que dejaban atrás hacía que valiese la pena el riesgo de ignorar esas historias y arriesgarse, sacrificando todo lo que habían conocido.

Siente los párpados pesados y se obliga a no cerrar los ojos. Intenta cambiar de posición pero un gruñido proveniente de su derecha la hace desistir y su pequeño suelta un gemido apenas audible. Le susurra al oído, tratando de darle el consuelo que sólo una madre puede dar, aún cuando no tenga la certeza de que todo vaya a acabar bien. Sus ojos se cruzan con los de su marido, que se mantiene muy cerca de ellos. Tiene unas horribles ojeras, la mirada vacía y triste. El rostro lleno de prematuras arrugas no parece mostrar ninguna reacción, podría ser otro más de los cientos que viajan con ellos.

Pero no lo es, es su marido, el hombre que juró protegerla y cuidarla. De repente él aprieta levemente su brazo y ella puede leer en su semblante lo mucho que siente esa situación.

Él tampoco cree que vayan a llegar al final de su viaje.

*

En un lugar, no muy lejos de allí, un niño se queja y pide a su madre que le deja estar despierto mirando la televisión media hora más. Una pareja celebra su primer año de casado brindando con cava y un joven estudiante da un sorbo a su bebida energética para mantenerse despierto y continuar estudiando. Jóvenes se emborrachan y bailan sin freno y unos padres primerizos se levantar para calmar el llanto de su bebé.

Todos ellos tienen mantas, calefacción y comida caliente que llevarse a la boca. La palabra ‘refugiado’ no les es ajena, la oyen en la televisión o en la radio de vez en cuando. Muchos menean la cabeza con tristeza e impotencia escuchando el número de muertos en naufragios, las duras condiciones de vida y las guerras que parecen ocurrir muy lejos de allí.

Hasta que cambian de canal y sus pensamientos pasan a otros quehaceres y preocupaciones.

Políticos discuten, se hacen visitas de cortesía y prometen cosas que no van a cumplir. El tema surge una y otra vez, unos radicalmente en contra y otros dispuestos a echar una mano, con la esperanza de ganar un decisivo puñado de votantes.

Pero ellos siguen siendo cifras, ¿En qué se ha convertido Europa? ¿Seguirá negando el asilo y cerrando sus fronteras si los refugiados viniesen de otro lugar? ¿Continuarían negándose a dar la mano a gente que cree diferente a ellos argumentando que puede haber gente peligrosa que entre en sus territorios? ¿Seguirá mirando hacia otro lado mientras la gente muere?

El bebé que sostiene una mujer en sus brazos o el anciano al que a duras penas le sostienen las piernas no tienen nada de peligrosos. Las familias enteras que se desquebrajan al intentar llegar a Europa no son nada distintas a las de dicho continente. Padres lloran la pérdida de sus hijos, todos ellos sienten y padecen, añorando un pasado que no volverá, confiando en un futuro que nunca llegará.

Una vida debería valer y tener los mismos derechos en Oslo que en África pero no es así y el mundo cierra los ojos y se empeña en creer que es un problema de otros.

Mientras el mar devora vidas, Europa duerme y nadie es capaz de despertarla.

*

Y más cerca de ellos de lo que pueden imaginar,  en aguas abiertas, se desata el caos, pasa tan rápido que no le da tiempo a reaccionar y se queda quieta, paralizada, sin comprender porque de repente nada es seguro bajo sus pies y porque hay personas gritando a su alrededor.

Alguien tira de ella hacia arriba, hacia la parte de la patera que todavía no se ha hundido.  Se encuentra con los ojos amados, que intentan mantenerla a flote y, aterrorizada, es consciente de que va a morir.

Segundos que duran minutos, minutos que se convierten en interminables horas mientras la multitud intenta desesperadamente sujetarse a lo que todavía queda de la embarcación.

Algo la golpea y ella intenta sujetar a su pequeño, sin éxito. El niño suelta un pequeño grito que le destruye el alma para luego caer en las oscuras aguas. Y es entonces cuando ella suelta un alarido, grita el nombre de su hijo y se echa a llorar, mientras el mar arrastra al abismo lo que queda de su precario medio de transporte llevándose consigo a cientos de personas que se hunden inexorablemente para no regresar nunca más.

Ella también cae, sin fuerzas y todavía repitiendo el nombre de su hijo entre sollozos, hasta que también es abrazada por las olas.

Desde las aguas, entre torpes chapoteos y gritos exasperados que hielan la sangre, la muerte les sonríe.

Greguerías y microrrelato

En este post os preguntaba sí os gustaría que subiese más escritos míos. Y este es el resultado de la encuesta.

8votos

¡Sorprendentemente la gente votó en la encuesta y todo! ¡Ocho personas! Y yo que pensaba que no me votaría ni Dios o que aparecerían trolls pidiéndome que no subiese ninguno más. A ver en realidad imaginaba que uno o dos votos tendría (mi blog no es muy grande ni conocido) pero no imaginaba más.

Así que os hago caso y os subo cosillas escritas por mí.

Lo primero que voy a compartir con vosotros son unas greguerías que hice para un ejercicio en un curso hace tiempo. Pero antes de que las leáis… ¿Sabéis lo que es una greguería?

“Las greguerías son textos breves semejantes a aforismos, que generalmente constan de una sola frase expresada en una sola línea, y que expresan, de forma aguda y original, pensamientos filosóficos, humorísticos, pragmáticos, líricos, o de cualquier otra índole…”

Y estas son las mías, no son nada del otro mundo y lo mismo un experto me dice que no se catalogan de eso pero bueno me siento orgullosa porque no había escrito ninguna antes.

Las nubes son las esponjas del cielo.
El tren que silba al paisaje.
La nieve es el azúcar de la tierra.

Me encanta la primera y ahora mismo aplaudo a mi yo del pasado cuando de repente se le ocurrió eso.  Lo mejor de todo es que no estuve horas y horas pensando y cambiando palabras, fue lo primero que me vino a la cabeza. Creo que la del tren no es una greguería pero haremos ver que sí. Que por cierto en el curso nos pusieron de ejemplo una que dice:

La pulga hace guitarrista al perro.

Y quería compartirla con vosotros, porque me hizo gracia en su momento. Sí, mi humor es ese. Y desde luego esa sola greguería es mejor que las mías. ¿Me escondo ya en el baúl?

Y para finalizar la entrada os dejo un microrrelato. Si os soy sincera no se me dan muy bien pero bueno.

Ella jamás imaginó fuese a acabar así. Nadie cree que pueda llegar el día en el que muera. Su vida no pasó ante sus ojos, porque lo único que podía ver era la cara de su verdugo roja por el esfuerzo. Quiso llorar pero sus ojos estaban secos. Quiso gritar y apartarle, pero sus manos parecían atadas. Quiso impedirlo pero su cuerpo no respondió.
Siguió mirándole aún después de que se apagase su vida con el terror de quién ha perdido toda esperanza. Y él siguió clavando el cuchillo aún cuando ella dejó de retorcerse y su vida se apagó. Necesitó unos largos minutos para calmar el sonido acelerado de su corazón. Un tiempo breve que pareció toda una vida para tomar conciencia de lo que había hecho. Sus manos manchadas de sangre, el sudor frío recorriendo su frente. Vomitó. No había calculado que acabaría así.
Pero esa zorra lo merecía.

Si os interesa, me he abierto un perfil en Megustaescribir y allí intentaré subir historias con más frecuencia que aquí. Mi cuenta aquí, aunque todavía estoy aprendiendo cómo va la página.

La infame escalera (escrito)

El desdichado empieza a subir los escalones de nuevo, es la sexta vez ese día y el gran bloque de granito parece pesar el doble que las veces anteriores.  ¿Cuánto pesa? ¿Veinte kilos? ¿Treinta?  Le duelen todos los músculos del cuerpo y está extenuado pero empieza a subir la infame escalera de manera automática. No debe llamar la atención y tiene que seguir aparentando que tiene la fuerza que perdió hace tiempo. Pararse un segundo a recuperar el aire es fatal. Junto a él, miles de otros prisioneros, sufren el mismo cruel destino. Piernas esqueléticas que soportan el resto del cuerpo, antes robusto y atlético, ahora piel y huesos.

Es importante seguir el mismo ritmo, mantenerse mirando al frente y compenetrado con el compañero de delante. Ya no hace caso a los ladridos de los perros, ni a los bastonazos de los kapos.  El dolor no es nuevo, el olor a muerte lo impregna todo y él sabe que quizá este día su suerte se haya acabado. Y quizá lo prefiera así, él no está contento con la suerte que le ha acompañado desde aquella lejana batalla en el Ebro, dónde resultó herido y milagrosamente salvó la vida.  Luego vino el duro exilio, dónde las playas de Francia no le recibieron con los brazos abiertos, dónde pensó que había visto el peor lado del ser humano al ver a las madres ahogar a sus bebés porque no podían alimentarlos.

Pero se equivocaba.

Cuando se unió para luchar contra los nazis, se sentía contento de haber sobrevivido, de poder vivir un día más y hacerlo por obtener la libertad que en España había perdido. Entonces le atraparon y se percató de que el demonio existe realmente.

No, está enfadado con la suerte y no la quiere de su lado.

En lo más hondo de su corazón él quiere seguir viviendo, quiere seguir luchando contra el fascismo y quiere creer que un día todo acabará y esto será un mal sueño.  Quiere pensar en su Carmen de la que se separó hace lo que parece una eternidad y del pequeño Marcelino. No logra recordar sus rostros, ni el tacto de su piel.

Otro escalón, el hambre le incordia de nuevo y siente que va a desmayarse. Es un milagro que todavía sujete la pesada roca sobre su espalda. Sabe que por muchas fantasías que todavía pueda albergar en su cabeza, la única forma de salir de allí es siendo otro paracaidista más para volar después en forma de humo por la chimenea.

Él nunca creyó en Dios pero si realmente existe, quiere obligarlo a dirigir su vista a esa escalera, a que vea lo que allí está ocurriendo y haga algo para detenerlo.

Pero sabe que nadie va a venir, nadie va a rescatarlo. No van a quedar testigos y nadie va a saber jamás el horror que allí viven millones de personas. Entonces, ¿Por qué sigue vivo?

Se produce un alboroto, los verdugos, con sus uniformes impolutos y su refinado aspecto, ríen a carcajadas mientras se oye el conocido sonido de algo chocar contra el suelo desde una gran altura. Él no mira, tan solo atisbar de reojo sería su sentencia de muerte. Pero sabe que un nuevo paracaidista ha sucumbido al abismo.

Sería tan fácil dejarse caer, tumbarse para no  tener que levantarse más… Morir puede ser un consuelo y no es la primera vez que esa idea acude a su mente. Pero no lo hará, no quiere darles esa satisfacción.

Él sigue vivo. Y sigue ahí no por su odiada suerte ni porque sea mejor que otros. Él no es mejor que aquella niña pequeña que vio partir junto a su madre, directa a una muerta segura en las cámaras de gas sin ni siquiera saberlo. Él no es mejor que aquel camarada que decidió tirarse a la valla electrificada  Todavía puede ver el color del cielo, puede sentir el frío y no se ha abandonado.

Sigue ahí,  ha podido volver a subir esa escalera de 186 escalones y tiene que seguir vivo para ver el final de la guerra, sea cuál sea. Tiene que sobrevivir para que quede un testigo de lo que allí acontece.  Tendrán que coserle a balazos para acabar con él.

Las piernas apenas le sostienen cuando por fin llega al añorado último escalón.  Y entonces susurra, intentando convencerse a sí mismo:

Una victoria más.

Escrito que escribí hace un par de meses basado en la escalera del campo de concentración de Mauthausen y en lo que he leído sobre el tema.

Os dejo también aquí un vídeo de la escalera para que os hagáis una idea de lo que tenían que subir. Ahora imaginad que la subís en las condiciones que lo hicieron los presos. Horrible.

Y ahora una encuestita (dudo mucho que haya muchos votos pero bueno…). Es que tengo escritos guardados y escribo muchos pero en internet publico muy pocos, de hecho en el blog solamente hay dos o tres… Así que haya va.

 

Y otra cosa… ¿Sabéis que me gustaría también? Que la gente me mandase ideas sobre lo que escribir o me dijese cosas sobre las que les gustaría que escribiese. Esto no va a tener comentarios pero por probar… ¡Y que comentéis que os ha parecido el escrito!

 

September 1

¿Cómo ha ido el verano? ¿Lo habéis pasado bien? Pues bien, ya es hora de dejar atrás las piscinas, las tapitas y las siestas veraniegas y volver al colegio.

Sí… ¡Yo también os lo recuerdo!

Porque hoy toca volver a preparar los baúles, el precipitado y estresante viaje hasta la estación y el camino hacia el famoso andén.  Entre gente que va a su trabajo, que vuelve a casa o que no tiene un rumbo fijo al que ir. Gente que no entiende porque estáis tan contento ni porque algunos de los que os acompañan llevan esas ropas tan extrañas y mucho menos porque razón llevas una lechuza en una jaula, encima de un montón de baúles. Pero empujarás el carro, atravesarás el muro y verás el cartel y todo cambiará.

Volverás a ver a tus amigos, escogerás el mejor compartimento del tren y le pedirás a la señora del carrito todas las golosinas posibles. Charlarás y charlarás con tus amigos, contarás todo lo que has vivido en el verano y mirarás impaciente por la ventana hasta que te sientas tan cansado que te eches una cabezada.

Después sonreirás cuando veas a tu enorme amigo peludo, que indicará a los de primer curso que vayan con él. Tu ya eres mayor pero un cosquilleo te recorre el estómago. Caminas y te subes a uno de los carros tirados por caballos invisibles, algo que forma parte de la magia del lugar y que probablemente siempre hayan estado ahí. Cierras los ojos hasta que toca salir porque quieres reservarte la primera visión del colegio.

Y entonces lo ves y sientes que por fin has llegado a casa.

Ansiada libertad (escrito)

Un cielo de un azul muy claro, acompañado por unas nubes lechosas, se alzaba junto a un benévolo sol que daba la sensación de encontrarse en pleno verano. La llegada de la primavera estaba cercana y ella no podía dejar de mirar los enormes campos de trigo que se extendían a su alrededor.

No había nada que indicase que se encontrase en otro país, la frontera era una línea invisible que ella había cruzado sin mirar atrás y sin darse cuenta de que lo hacía. Había esperado toparse con soldados uniformados que la apuntasen a la cabeza con sus rifles o una alambrada de espino que le cortase el paso. Pero no había nada de eso.

Pero a pesar del espléndido día y del hermoso paisaje, la tristeza y la nostalgia se adueñaron de ella. Durante la travesía, yendo por las montañas y senderos casi inaccesibles, con frío y hambre, no había tenido mucho  tiempo para dejarse llevar por lo que dejaba atrás.  El pensamiento de un mundo mejor y de la libertad tanto tiempo anhelada, se agolpaba cada noche en su cabeza y la ayudaban a seguir adelante.

Pero ahora recordaba los últimos momentos en Barcelona,  las cosas que dijo y las que quedaron en el olvido.  Echaba terriblemente de menos a Jaime, del que ni siquiera tenía una fotografía y tenía miedo de no volver a ver.

Las heridas de la derrota eran más profundas de lo que había pensado y no parecía que fuesen a dejar de sangrar.

Libertad, luchar por ella provocó que a su padre le matasen. Así como a tantos otros. Pronunciar esa palabra parecía darle fuerzas a Jaime cuando hablaba de derrotar a los fascistas. Y por ello, ahora él no estaba con ella, se sentía terriblemente culpable por haber sobrevivido y por haberse marchado de esa manera.

Era curioso, se dijo, que cuando por fin se encontraba fuera de España,  se echaba a llorar cómo una niña pequeña, en vez de celebrarlo y gritar.

Pero aquél día de 1939, mientras las lágrimas le caían por las mejillas, cómo dos pequeños riachuelos, lo único que podía pensar era en que otros jamás podrían pisar el suelo por el que ella andaba.

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