A la deriva (escrito)

Abraza a su pequeño y se aferra a él, como si de esa manera pudiera alejarle del peligro en el que se encuentran. El niño no se mueve y ella teme que vaya a morir congelado antes de llegar a su destino. No puede arroparle, no tienen mantas y aunque las tuviesen no habría suficientes para todos, así que trata de darle calor con su cuerpo. También intenta fijar la vista en un punto dónde poder hacer caso omiso a las olas, las cuáles parece que vayan a tragarse la embarcación de un momento a otro. Podría ignorarlas si no fuese por las sacudidas y si pudiese deshacerse de esas ganas de vomitar y ese miedo que le impide pensar con claridad.

No sabe nadar.

Frente a ella hay miles de rostros ojerosos y temerosos, condenados a un mismo futuro incierto y víctimas de un pasado infernal. Apretujados, en la mente de todos surge la misma pregunta, ¿Qué va a ser de ellos?

Hace tiempo que el optimismo se agotó,  sus esperanzas y sueños se desvanecieron cuando fueron abandonados en ese oscuro y terrorífico mar.

Les habían prometido tantas cosas… Y ella solamente quería vivir en paz, sin una guerra que hiciese que cada bocanada de aire fuese importante, puesto que no sabías si en unos minutos seguirías vivo y sería la última. Quería vivir sin temer ser secuestrada, violada o asesinada a cada paso que diesen sus pies. Quería encontrar un lugar dónde hubiese trabajo para todos, dónde pudiese criar a su hijo y no preocuparse porque una bomba cayese encima de la cabeza de su pequeño cuando estuviese en el colegio.

Así perdió a su primer hijo.

Y ellos le habían ofrecido a su familia la posibilidad de alejarse de todo aquello,  al igual que a tantos otros.  Abandonar el infierno para siempre, adentrarse a mar abierto para enfrentarse a un futuro lejano y maravilloso. Cualquier destino puede parecer el paraíso cuando has convivido con el diablo.

Promesas vacías a las que todos ellos se aferraron cómo a un clavo ardiendo. Dieron todo lo que tenían con la promesa de llegar a un nuevo continente donde podrían empezar de cero.

Se lo habían arrebatado todo y no podían hacer nada por cambiarlo.

Nunca pensaron que fuese a ser un viaje fácil, sabían que podían morir intentándolo, pues la cantidad de historias que circulaban hacía estremecer al más aguerrido guerrero.  No estaban locos, no eran suicidas y amaban la vida.  No abandonaban sus raíces y su alma por gusto.

El terror de lo que dejaban atrás hacía que valiese la pena el riesgo de ignorar esas historias y arriesgarse, sacrificando todo lo que habían conocido.

Siente los párpados pesados y se obliga a no cerrar los ojos. Intenta cambiar de posición pero un gruñido proveniente de su derecha la hace desistir y su pequeño suelta un gemido apenas audible. Le susurra al oído, tratando de darle el consuelo que sólo una madre puede dar, aún cuando no tenga la certeza de que todo vaya a acabar bien. Sus ojos se cruzan con los de su marido, que se mantiene muy cerca de ellos. Tiene unas horribles ojeras, la mirada vacía y triste. El rostro lleno de prematuras arrugas no parece mostrar ninguna reacción, podría ser otro más de los cientos que viajan con ellos.

Pero no lo es, es su marido, el hombre que juró protegerla y cuidarla. De repente él aprieta levemente su brazo y ella puede leer en su semblante lo mucho que siente esa situación.

Él tampoco cree que vayan a llegar al final de su viaje.

*

En un lugar, no muy lejos de allí, un niño se queja y pide a su madre que le deja estar despierto mirando la televisión media hora más. Una pareja celebra su primer año de casado brindando con cava y un joven estudiante da un sorbo a su bebida energética para mantenerse despierto y continuar estudiando. Jóvenes se emborrachan y bailan sin freno y unos padres primerizos se levantar para calmar el llanto de su bebé.

Todos ellos tienen mantas, calefacción y comida caliente que llevarse a la boca. La palabra ‘refugiado’ no les es ajena, la oyen en la televisión o en la radio de vez en cuando. Muchos menean la cabeza con tristeza e impotencia escuchando el número de muertos en naufragios, las duras condiciones de vida y las guerras que parecen ocurrir muy lejos de allí.

Hasta que cambian de canal y sus pensamientos pasan a otros quehaceres y preocupaciones.

Políticos discuten, se hacen visitas de cortesía y prometen cosas que no van a cumplir. El tema surge una y otra vez, unos radicalmente en contra y otros dispuestos a echar una mano, con la esperanza de ganar un decisivo puñado de votantes.

Pero ellos siguen siendo cifras, ¿En qué se ha convertido Europa? ¿Seguirá negando el asilo y cerrando sus fronteras si los refugiados viniesen de otro lugar? ¿Continuarían negándose a dar la mano a gente que cree diferente a ellos argumentando que puede haber gente peligrosa que entre en sus territorios? ¿Seguirá mirando hacia otro lado mientras la gente muere?

El bebé que sostiene una mujer en sus brazos o el anciano al que a duras penas le sostienen las piernas no tienen nada de peligrosos. Las familias enteras que se desquebrajan al intentar llegar a Europa no son nada distintas a las de dicho continente. Padres lloran la pérdida de sus hijos, todos ellos sienten y padecen, añorando un pasado que no volverá, confiando en un futuro que nunca llegará.

Una vida debería valer y tener los mismos derechos en Oslo que en África pero no es así y el mundo cierra los ojos y se empeña en creer que es un problema de otros.

Mientras el mar devora vidas, Europa duerme y nadie es capaz de despertarla.

*

Y más cerca de ellos de lo que pueden imaginar,  en aguas abiertas, se desata el caos, pasa tan rápido que no le da tiempo a reaccionar y se queda quieta, paralizada, sin comprender porque de repente nada es seguro bajo sus pies y porque hay personas gritando a su alrededor.

Alguien tira de ella hacia arriba, hacia la parte de la patera que todavía no se ha hundido.  Se encuentra con los ojos amados, que intentan mantenerla a flote y, aterrorizada, es consciente de que va a morir.

Segundos que duran minutos, minutos que se convierten en interminables horas mientras la multitud intenta desesperadamente sujetarse a lo que todavía queda de la embarcación.

Algo la golpea y ella intenta sujetar a su pequeño, sin éxito. El niño suelta un pequeño grito que le destruye el alma para luego caer en las oscuras aguas. Y es entonces cuando ella suelta un alarido, grita el nombre de su hijo y se echa a llorar, mientras el mar arrastra al abismo lo que queda de su precario medio de transporte llevándose consigo a cientos de personas que se hunden inexorablemente para no regresar nunca más.

Ella también cae, sin fuerzas y todavía repitiendo el nombre de su hijo entre sollozos, hasta que también es abrazada por las olas.

Desde las aguas, entre torpes chapoteos y gritos exasperados que hielan la sangre, la muerte les sonríe.

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Una Chica del montón
    Ene 15, 2017 @ 13:47:54

    Madre mía … Que historia mas triste pero muy bien escrita 🙂

    Le gusta a 1 persona

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