Las espinas apresaron a la rosa (escrito)

¡¡Bueeeno!! No sabía con qué actualizar y aquí os dejé un escrito que envié a un concurso, no me acaba de convencer cómo me quedó pero espero que al menos os guste. Lo hubiese hecho más largo pero era obligatorio que fuese de esa longitud, así que así quedó. La temática también es esta por el concurso. No suelo actualizar con escritos míos pero bueno, es mi blog y por un día.

Sin más aquí os lo dejo:


Se secó las manos con un trapo y miró la hora: quedaban apenas quince minutos para que él volviese de trabajar. Repasó mentalmente si no se había dejado algo por hacer.  Había limpiado y recogido todo el piso, hecho las camas y llevado a Daniel al colegio. La comida estaba lista y la mesa esperando pacientemente a su llegada. Ese día comerían solamente ellos dos porque Daniel se quedaba en casa de sus abuelos, que serían también los que le irían a buscar.

Aquellos días eran los peores.

Rosa volvió a probar el caldo de la sopa, no fuese a ser que se hubiese pasado con la sal o estuviese soso. Recordaba demasiado bien aquella vez en la que un filete le quedó muy hecho y él se lo tiró al suelo, para ponerlo en el plato de nuevo y decirle que se lo comiese ella. O el día en el que escupió en el plato de lentejas porque decía que estaba frío y que las zanahorias estaban duras.

Repasó las facturas que habían llegado y se preguntó cómo reaccionaría al verlas. Si había tenido un buen día en el trabajo, podía quejarse un poco y seguir comiendo en silencio. Pero si había tenido un mal día, era impredecible.

Rosa hacía tiempo que se había acostumbrado a estar siempre alerta, sabiendo que su marido podía saltar en cualquier momento. Ya hacía tiempo que no le esperaba con entusiasmo, ni buscaba las mejores recetas para prepararle los mejores platos. Atrás quedaban aquellos días en los que él la llevaba a cenar o le permitía vestir faldas cortas. La risa se había esfumado hacía tiempo de aquella casa y las únicas sonrisas que exhibía eran fingidas para no preocupar a su hijo y para complacerle a él.

Se sentía cansada y se preguntó si ese día sería un buen momento para anunciarle su nuevo embarazo. Ella no podría decir que estuviese contenta con eso. Amaba a Daniel con todo su corazón pero no quería tener otro hijo y obligarle a vivir en un infierno. Daniel a sus seis años no comprendía lo que pasaba en su casa pero sí que su madre estaba enferma y que a veces, cuando él y su madre se portaban mal, su padre tenía que castigarla. Ahora Rosa tenía que encerrarle en la otra habitación durante las palizas para que no se convirtiese en otro blanco de su padre y para que el pequeño no intentase interferir.

De haberlo sabido antes…

Cuando pensaba en aquella noche, aún le temblaban las manos.

Había sido un sábado y había partido.  Ella no había cometido ningún error en todo el día y él estaba de buen humor. No sabía que se jugaba pero era algo importante y había deseado que los del Atlético ganasen aquella vez. Ella incluso había atisbado a ver al hombre que la enamoró, pues la él la abrazó con alegría y entusiasmo con el primer gol de su equipo y ella le sonrió y hasta se permitió decirle que marcarían dos goles más.

– ¡Y hasta cuatro! – había dicho él.

Pensaba que aquella noche no estallaría.

Pero sucedió. Rosa no entendía mucho de fútbol pero hasta ella había podido ver que los de las camisetas de rayas rojas y blancas parecían tener menos fuerzas o habilidad y por lo que fuese, acabaron perdiendo su ventaja.

Con el primer gol en contra, él apretó los puños pero no dijo nada. Ella se mantuvo prudentemente callada. Con el segundo él empezó a insultar al árbitro y ella se apartó con cuidado de él. Y con el tercero él apartó los ojos de la televisión.

Y se desató el infierno.

Rosa recordaba haber escuchado de fondo a los comentaristas mezclados con los alaridos del diablo. Recordaba haberse hecho un ovillo para recibir los goles certeros y sentir el dolor punzante al que ya estaba acostumbrada. A veces desataba su furia rápido y esperó que aquél fuese uno de esos días.

Mientras el comentarista comentaba las cualidades del delantero del Barcelona, su marido gritaba que era su culpa y que era gafe y le pegaba patadas en el costado del cuerpo.

Cuando se sucedían las palizas ella solamente pedía al Dios en el que no creía que todo pasase rápido.

Y de repente él la había dejó momentáneamente y miró un punto en el pasillo. Recordaba que casi se le había parado el corazón cuando vio a Daniel allí, llevaba su osito de peluche en las manos y miraba a sus padres con los ojos muy abiertos.

Ella había corrido a protegerle pero llegó demasiado tarde y él lo atrapó primero. Daniel lloró cuando su padre le cogió en brazos para obligarle a volver a su habitación. Rosa le dijo que no pasaba nada que era mejor no hacer enfadar a papá e ir a dormir.

Pero el niño vio el estado de su madre y gritó. Se retorció con su pequeño cuerpecito y su padre le pegó una bofetada.

Ninguna madre debería ver el dolor reflejado en el rostro de un hijo.

Rosa se levantó con un esfuerzo increíble y se enfrentó a su marido. Los ojos de él adquirieron otro matiz y ella supo entonces que había firmado su sentencia de muerte.

Él había dejado al niño en el suelo y había vuelto de nuevo los golpes hacia ella. Ella le gritó a su hijo que se encerrase en su cuarto pero el niño estaba demasiado asustado y aturdido para moverse.

No recordaba cuánto rato pasó, ni siquiera recordaba cuándo dejó de gemir de dolor y recibió los golpes en silencio. Lo único que recordaba era el llanto de Daniel que se le clavaba en el corazón y sus rezos silenciosos para que el crío se hubiese marchado de allí.

Cuando él se marchó, ella se quedó tendida en el suelo, con el cuerpo magullado y hecho pedazos y lloró en silencio. Había intentado reunir las suficientes fuerzas para levantarse, pero no lo había conseguido. Rosa se arrastró hasta la habitación de su hijo y se encontró a Daniel aterrorizado con el pantaloncito de su pijama nuevo mojado.

Madre e hijo durmieron abrazados esa noche y Rosa le hizo jurar a su hijo que cuando papá se enfadase, se encerrase en su cuarto. Le dijo que a veces los padres se enfadaban. El niño estaba aterrorizado por haberse hecho pis encima y se sentía culpable por lo sucedido y por no haber defendido a su madre.

Pobre ángel.

Un ángel en el infierno no puede sobrevivir y Rosa se lo recordaba cada día cuando miraba a su hijo y pensaba en abandonar a su marido. Pero no podía hacerlo.

Le obligó a no contárselo a nadie y al día siguiente su padre apareció con flores para ella y un coche de juguete para Daniel. El niño se mantuvo callado y asustado hasta que vio que sus padres se abrazaban y entonces pidió a su padre jugar con él, con timidez y miedo al principio y él accedió sin alterarse.

– Voy a cambiar, os quiero demasiado a los dos…

Las mismas palabras de siempre y los mismos ojos bondadosos de los que ella se había enamorado.

Ya hacía tiempo que se habían ido los moratones pero las cicatrices de cada paliza seguían persistiendo en el corazón de ella. Algunas heridas no se curan nunca y sin embargo… ¿Por qué seguía allí?

La llave de la puerta de entrada giró y él entró.  Ella escuchó cómo cerraba la puerta y dejaba las llaves. Le dio un beso breve en los labios y se sentó en la mesa. Él estaba de buen humor y alabó la sopa.

Cuando acabaron de comer ella le enseñó las facturas y él se quejó. Dijo que no llegaban a fin de mes y que su sueldo se iba siempre pagando recibos.

Todo podría ser diferente si ella trabajase cómo antes pero no se atrevió a mencionarlo. Se mantuvo en silencio mientras él despotricaba sobre el precio de la luz y la acusó de gastarse el dinero que él ganaba trabajando cómo un burro.

Ella le prometió que gastaría menos desde ese entonces y le pidió perdón. Estaba acostumbrada a disculparse sin tener motivos para ello y él pareció satisfecho.

– ¿Sabes? Esta tarde podríamos llevar a Daniel al parque.- le dijo él.

Rosa intentó que no se le notase la sorpresa reflejada en su rostro.

–  Luego podríamos tomar algo y volver a casa dando un paseo por la calle mayor.- añadió.

A veces la sorprendía con ese tipo de cosas. Pero de todos modos hacía tiempo que él no le pegaba y Rosa quiso creer que de verdad estaba ante un hombre que la quería.

– Me parece bien.- dijo sonriéndole con ternura.- ¿A qué hora? ¿Cuándo salgas del trabajo?

– Sí.- dijo él.- podemos ir a buscarle a casa de mis padres y darle una sorpresa.

– Eso suena estupendo.- contestó ella.

Entonces él la rodeó con sus brazos, ella se dejó abrazar, tensa y alerta.

– ¿Sabes que te quiero, verdad? Todo lo que hago lo hago por ti.- le dijo él.

– Lo sé.

A veces cuando la miraba de aquella manera y la abrazaba con aquella delicadeza llegaba a creer que era sincero. En su mente aparecían los buenos momentos de antes de casarse y se decía a sí misma que podían llegar a ser la familia feliz de los primeros tiempos y de la que él hablaba constantemente.

Ella llegó a corresponder a sus besos sin tener que fingir y le aseguró que le quería.

– Estoy embarazada.- anunció ella.

Ambos caminaban de la mano para ir a buscar a su hijo y ella deseó que esos fueran sus momentos a partir de ahora.

Pero la felicidad no dura mucho cuando se convive con la bestia y bajar la guardia se puede pagar caro.

Alguien les llamó cuando estaban a punto de cruzar la última calle y Lázaro Ortiz se acercó a ellos junto a su perro, un Jack Rusell muy inquieto del que Daniel, con tan sólo verle una vez, había quedado prendado. Lázaro era el padre de un compañero de colegio de Daniel y lo que era peor, tan sólo unos pocos años mayor que Rosa y su marido.

– Me alegro de verte – saludó Lázaro. Ya de por sí aquello fue un error, Rosa conocía bastante bien a la mujer de Lázaro, pues muchas veces coincidían cuando iban a la escuela con los niños y había visto algunas veces a Lázaro. Para él era normal tutearla pero el marido de Rosa frunció el ceño con desconfianza.

– Yo también.- contestó sin saber que otra cosa decir.- Este es mi marido, Jorge.- le presentó enseguida.

A pesar de que seguramente la tormenta se acercaba, su marido fue educado y Lázaro no sospechó nada.

Cómo tanta otra gente.

Era extraño cómo Rosa creía llevar un cartel en la frente que la etiquetaba y sin embargo nadie parecía darse cuenta.

Jorge le pasó el brazo por los hombros a su mujer y se comportó muy atento y cariñoso con ella.

Era escalofriante, le conocía demasiado bien para saber lo que realmente estaba pasando por su mente.

– A ver cuando viene Daniel a casa.- dijo Lázaro con inocencia.- el otro día pareció quedar encantado con Luke.

El perro movió la cola con alegría al escuchar su nombre. Rosa quería que se la tragase la tierra, aquellas palabras probablemente habían sido malinterpretadas por su marido, quién la había soltado y acariciaba al perro en el lomo. El perro pegó un par de ladridos para a continuación pegar un brinco y Jorge rió.

Jorge no reiría cuando ella intentase explicarse.

– ¿Podéis quedaros con Daniel esta noche? Sí, Jorge irá luego a llevarle las cosas…

Rosa acababa de colgar el teléfono y se echó a llorar con amargura. Le dolía cada músculo del cuerpo y no creía ser capaz de llegar a la cama sin ayuda. Entonces se dijo que dejarse morir allí, en el suelo del comedor sería una buena solución.

Daniel no tendría que verla más en esa situación.

Pero continuaría viviendo junto a la bestia.

De nada habían servido las explicaciones de Rosa y sus súplicas; Jorge se había ensañado con ella, incluso pegándole en la cara y otros sitios que solía evitar. Se preguntó cuánto podía sufrir un ser humano hasta abandonarse a la muerte. Y entonces se imaginó a su hijo tirado en el suelo como un muñeco roto y volvió a llorar. Se llevó las manos al vientre, que había intentado proteger con todas sus fuerzas y un miedo ciego le nubló la vista.

No supo cuánto tiempo estuvo así, creyendo que no iba a ser capaz de aguantar los pinchazos de la cabeza y ni a poderse volver a levantar cuando súbitamente alguien le tomó la cara entre sus manos.

Un sollozo. Alguien lloraba junto a ella.

Ella entreabrió los ojos, costándole un gran esfuerzo. Jorge se encontraba frente a ella y ya sabía cuáles serían sus palabras.

– Dios mío, lo siento, Rosa. No sé que me ha pasado… Te amo… Te prometo que no volverá a pasar. ¿Sabes que te quiero, verdad?

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