Obligados a olvidar

Bueno hoy os dejo un escrito mío de hace ya como mínimo cuatro años. Lo publiqué hace tiempo en un blog que tenía antes (el cuál estaba destinado exclusivamente a subir escritos) y que aún debe estar por ahí.  Lo he revisado para corregir faltas de ortografía que hacían daño a la vista pero por lo demás está igual el texto. Gané un premio con él, espero que no seáis muy duros que ya tiene su tiempo. Aquí va:

 

 

Sentía unos nervios irrefrenables de acudir a su cita. Se había puesto su mejor vestido. Recordaba muy bien aquel día en que él la besó a escondidas, ante la puerta de su casa, cuando la llevaba a casa. Desde ese día se habían visto pocas veces por culpa de la guerra pero ahora él la besaría de nuevo. Ella se haría la difícil, se haría la recatada, y solo cuando él la dijese que la amaba accedería. Sonrió, siempre actuaban del mismo modo. No habían cambiado.

En realidad estaba muy feliz desde que él había vuelto de la guerra y no había muerto, tanto que ya no temía tanto la reacción de su padre.

Su padre siempre se había negado a esa relación y le había prohibido verle pero ellos continuaron viéndose a escondidas. Él la escribió cartas siempre que podía, ella recordaba mucho como había llorado todas las noches, y cuantas pesadillas tuvo pensando que lo podía perder. Y nadie le iba a impedir verle esa vez y decir que se casaría con él, pues se casarían. Sus padres no estarían de acuerdo pero no importaba. Después de tanto tiempo deseando estar con él, si se oponían se escaparía y no la volverían a ver nunca.

Ella siempre fue decidida y odiaba que le dijesen lo que tenía que hacer, y estaba segura que se lo explicaría a sus hijos algún día o a sus nietos cuando los tuviera. Una imagen borrosa apareció en su mente como si los recuerdos se esfumasen. Un niño pequeño le pedía un caramelo al lado de una tienda de golosinas. Ella sonreía.

– Abuela, ¿Me lo compras, porfi?

Ella solo sonreía y el niño con sus caprichos siempre conseguía lo que quería. Lo adoraba.

Tenía ganas de volver a verle, recordaba como lo iba a recoger a la escuela cuando sus padres no podían.

Sentía que tenía que hacer algo importante y cuándo le vino a la mente solo sonrió. No recordaba porque lo había olvidado. Era imposible que se olvidase de ello, sería la noche más especial de su vida. Se maquillaría para la ocasión y se vestiría con su mejor vestido. Estaba nerviosa, pero sabía que era al único hombre al que se entregaría.

No recordaba la reacción de su padre, pero seguramente era porque prefería no pensar en ella. Por el momento sólo quería pensar en ella misma. Su padre era un hombre muy temperamental y no quería que su recuerdo estropease ese momento.

Se sentó en la silla delante del tocador y tomó un pintalabios rojo. ¿Atrevido? ¿Por qué no? Aquella noche sería la mejor de su vida.

Levantó la vista un instante y no se vio reflejada en el espejo. Ella tenía el cabello muy oscuro, que le caía como una cascada sobre los hombros, el cual tenía pensado peinarlo en un gran moño en lo alto de su cabeza. Sin embargo aquel cabello no era el suyo. Frente a ella había una mujer mucho más mayor, con el pelo tan blanco como oscuro era el suyo. Había arrugas por todas partes, sintió que su mundo se desmoronaba. Entonces vio sus ojos, ella los tenía azules y los vio allí, en el rostro de aquella mujer desconocida. ¿Eran de verdad sus ojos los que veía? ¿Podía ser que tuviese imaginaciones? ¿Podía ser que un espejo no reflejase la realidad?

 

Un involuntario grito salió de su garganta.

Una mujer se inclinaba sobre ella. ¿Quién era? La miró atentamente, no era ninguna de las amigas de su madre, a pesar de que parecía de su edad. Frunció el ceño.

– ¿Qué quiere? – le espetó.

– Señora, ¿Se encuentra bien? – le preguntó la desconocida acercando una mano en señal amistosa.

– Claro que me encuentro bien.

– ¿Quiere que demos un paseo? Hoy hace un día maravilloso. Ha salido el sol, vamos a dar un paseo. Le hará bien.

– ¡tonterías! Está lloviendo.

– No, mire. ¡Es maravilloso!

La mujer descorrió la cortina y una luz cegadora irrumpió en la habitación. La mujer se acercó a ella y la tomó por un brazo. Ella se acercó a la ventana, se sentía confusa. En efecto el sol brillaba y hacia una brisa realmente agradable. Pero ella recordaba que había estado lloviendo y que estaban en pleno invierno.

– Bien, demos ese paseo.- sonrió amablemente a la mujer.

Las dos salieron de la habitación y recorrieron unos pasillos que a ella se le antojaban de un extraño modo conocidos pero que sin embargo no recordaba haber pisado. Pasearon por un pequeño camino rodeado de césped que había a la salida de aquél edificio tan cercano y extraño. No caminaron mucho rato cuándo sintió que deseaba sentarse. Se sentaron en un banco y ella entonces recordó que llegaba tarde y sintió ganas de llorar.

– ¿Qué le pasa? Tranquila…- la voz era amable pero ella tenía que irse corriendo o él se enfadaría y lo peor, la dejaría. Ella moriría si eso pasaba. Notó los brazos de alguien rodeándola pero no se sintió reconfortada.

– ¡Dios mío! ¡Ni siquiera me he vestido! – exclamó.

– Por supuesto que lo está, no pasa nada. ¿Quiere tomar algo? Le hará mucho bien.

Esa voz se le antojaba tan extraña, sentía que solo estaba allí para retrasar su encuentro. Se levantó. La persona sentada junto a ella hizo otro tanto.

Volvió a sentirse nerviosa. Miró a su acompañante y sintió ganas de que alguien la apoyase en aquel momento. Y sorprendió, no sabía que ella estaba allí. ¿Como no podía haber reparado en ella antes? A su memoria aparecían los momentos que había pasado junto a ella, recordaba cuando ella era una niña, como la cuidó, como lo dio todo por ella. Y nunca había oído un gracias de su boca.

 

– Cariño, ¿qué haces aquí? – preguntó.- ¿no tendría que ir a buscar a Iván? No tendrías que perder el tiempo visitándome.

Ella la miró fijamente un momento como si quisiese decir algo pero se lo pensó mejor, sonrió y le contestó;

– Sí, ahora iremos a buscarle juntas. ¿Qué te parece?

– No, hija mía.

 

La mujer suspiró, era la tercera vez o la cuarta vez que la confundía con la hija. Una hija que no veía desde hacía años. Le apenaba ver tantas personas inteligentes perder sus recuerdos con tanta facilidad, y también como muchos de los hijos ya no parecían preocuparse por ellos. Sentía ganas de llorar cuando recordaban algo que había pasado hacía muchos años y no recordaban lo que habían comido. ¿Por qué la gente tenía que perder lo más preciado que tenía? Si se pierden los recuerdos, ¿Que nos quedan? Los recuerdos malos nos hacen llorar, querríamos olvidarlos pero… ¿y todos los buenos momentos? ¿Qué haces cuando ya no se reconoce ni a los propios hijos?

Ella llevaba trabajando ya muchos años en aquella residencia pero no había logrado no conmoverse con cada momento que pasaba junto a ellos, había escuchado historias de hombres y mujeres que parecían recordar un día como si hubiera sido hacía poco pero no recordaban que había pasado el tiempo, ni acontecimientos ocurridos en el presente.

La miró con tristeza, para hacerla feliz, cada vez que la confundía con su hija, la sonreía y le seguía el juego, pero, se le rompía el corazón al hacerlo. Oyó que le decía algo pero no lo entendió. Ella volvió a hablar.

– ¿Cómo crees que irá? – preguntó la anciana.

– ¿Cómo dice?

– Hoy tengo una cita pero mi madre no lo sabe. ¿Crees que me besará?

– Oh…- por un momento se quedó sin saber que decir pero luego le contestó. – Seguro que sí.

Un rato después volvieron del paseo, y la acompañó a su habitación, pues la anciana decía que quería prepararse para su cita.

 

Faltaban solo unas pocas horas, era el día de su boda. Se sentía muy nerviosa pero a la vez impaciente. Se casaría y estaría con él para siempre. No más separaciones, no más llantos, no más miedos.

 

Y entonces se miró al espejo de nuevo y abrió mucho los ojos. Su pelo era blanco, su cara no era joven, estaba surcada de arrugas y vio en sus ojos una tristeza permanente que parecía adueñarse de ella. Y en verdad se adueñó, notaba como sangraba su corazón. Tomó en sus manos un cepillo y lo tiró al suelo con frustración.

– ¿Cono voy a casarme así? –Preguntó angustiada.- Él no puede verme así.

– Está muy guapa.- dijo una voz. – No se preocupe.

¿Se estaba burlando de ella? Miró con furia a quién había hablado, pero pronto sintió que le aparecían las lágrimas.

– ¿Qué me está pasando? – preguntó, sentía como si su mundo se desmoronase y ya nada tuviera sentido.

– Nada… todo está bien.

La anciana volvió a mirarse en el espejo y allí estuvo, llorando durante un rato. Ella la abrazó como haría con una hija. Se sintió triste y frustrada. Le gustaría mucho poder combatir esa enfermedad. Debía de ser terrible no recordar las cosas que uno había querido conservar para siempre.

– Todo está bien – repitió.

Pareció calmarse, entonces le sonrió.

– ¿Quieres ver mi álbum de fotos? – le preguntó la anciana.

– Por supuesto.

Lo había visto muchas veces, había fotos de niños, sus nietos e hijos, y de la propia boda de la mujer. Pasaron las páginas y se detuvieron en una del nieto más pequeño. Era un muchacho de unos quince años, se llamaba Iván. Ya se sabía casi todos los nombres de las personas que aparecían en esas páginas. No tenía ni idea si el chico tendría esa edad o sería mayor.

– ¿Quién es este joven tan apuesto? – preguntó la mujer.

– Es su nieto.- le contestó.

– Bien… –pareció aceptarlo y entonces preguntó con una sonrisa muy dulce- ¿Vamos a buscar a Iván al colegio?

 

 

Anuncios

2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Bea
    Mar 29, 2012 @ 22:14:08

    Precioso Vane, este relato, me ha calado hondo… pensaba que la anciana era mi abuelita y ha sido imposible no emocionarse :-.) Hacía tiempo que no leía cosas tuyas, sigue escribiendo que lo haces genial 🙂 Un besito

    Me gusta

    Responder

    • huellasenlaspaginas
      Mar 29, 2012 @ 22:29:28

      Aiiis, me alegro que te hayas emocionado con el escrito y que te haya gustado. Lo que más me gusta cuando escribo es pensar en la reacción de la gente que lo leerá después, por eso tus palabras me llenan mucho.
      Debe de ser muy dura esa enfermedad…
      Aunque le veo errores al texto por todos lados (como signos de puntuación, repetición de palabras…) pero no he querido modificar nada.
      Muchas gracias por leerlo, Bea. Un besito muy grande y gracias por los ánimos ^_____^

      Me gusta

      Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: